¿Temes que tu hijo no sea feliz?
02/02/2016 Los trastornos de conducta de los niños: difíciles de gestionar SOCIEDAD THINKSTOCK

¿Temes que tu hijo no sea feliz?

“Por supuesto que te haré daño. Por supuesto que me harás daño. Pero esta es la condición misma de la existencia.”

(El principito, de Antoine de Saint-Exupèry)

Responder “sí” a esta pregunta es un síntoma de lo equivocado que se está respecto de la felicidad.  Y es evidencia también del error de desconfiar en el poder de los niños para estar conectados con la vida lejos de los prejuicios generales sobre la “felicidad”. Dos errores que llevan a un desastre emocional y de personalidad en el niño si se dan juntos. Ni los demás nos dan la felicidad ni el ser humano es incapaz de sentirla. Y es que nadie es feliz porque solo le rodeen goces, bienestar material, amor a todas horas o complacencias sin límite. Nadie lo es tampoco porque le hayan disminuido su capacidad para sentirse feliz al “recibirla” de los demás.

La felicidad del “siempre lo bonito”

La vida es un paquete completo, sin distinciones acerca de cosas buenas o agradables y de experiencias desagradables y de rechazo. Va todo en uno y, además, es diverso, cambiante y unas y otras pueden ser percibidas de maneras diferentes. Ni tiene arreglo ni debemos querer que se arregle. ¿Por qué no debemos? Porque una felicidad imaginada solo de cosas buenas es irreal. Eso es lo primero y, aún así, muchos padres, demasiados, no acaban de sentirlo así y se aferran al mito. Y sobre todo porque en el reto superado está, ahí sí, la buena felicidad.

La felicidad de vencer obstáculos

Nos va la vida en darnos cuenta, de una vez por todas, de que las mayores felicidades que pueden sentir los niños y los jóvenes es lograr las cosas por sí mismos. Felicidad es el estado emocional y mental de un ser cuando vence una resistencia externa. Y, sobre todo, cuando supera su propia limitación. Por sentido común lo cierto es que sin problemas, rechazos, obstáculos y decepciones no habrá oportunidad de sentir felicidad. Los niños, especialmente ellos, nacen con el instinto vital intacto; la capacidad para salir adelante está en sus cuerpos y en su naturaleza.

No tienen, sin duda, las herramientas necesarias. No tienen la capacidad cognitiva imprescindible para ser autónomos al modo de un adulto sano. No conocen bien cómo gestionar sus sentimientos para ser más empáticos y, a la vez, confiar en sí mismos. Pero no se deben estropear sus instintos primordiales de vida con aprensiones timoratas ni fantasías de una bella felicidad.

Los “de hierro” y los “de algodón”

Parece que en determinados países del mundo conviven las generaciones “de hierro” con las generaciones “de algodón”. Aquellas nacieron y se criaron entre los muchos nacidos en plena expansión demográfica. Un “baby boom” que impidió a aquellos niños recibir las atenciones tan personales que hoy reciben. Las que vinieron después al mundo crecen bajo la tutela acomodada y la sensación general de que los adultos deben darles todo lo que ellos no tuvieron.

Los de las generaciones “de hierro” pasaron desatenciones emocionales que, es cierto, en absoluto fueron convenientes. Muchos de ellos han forjado, más tarde, una personalidad equilibrada en cuanto afectos, amores, ambiciones y realización personal. Lo han hecho por sí mismos, haciendo uso de sus propios instintos vitales. Pero también es cierto que muchos otros se han extraviado en patologías del alma por falta de apoyo directo. No se sentía la necesidad de educar las emociones y la autoestima y, por tanto, poco se sabía y menos se hacía. Pero les han quedado a todos un resentimiento absurdo por no haber recibido algo y, por ello, cargan con un deseo de repararlo regalando a sus hijos todo. Un gran error que no arregla aquellas carencias.

Ni dejarles solos ni ser sus protectores eternos

Y como sabemos de los males y los defectos de la crianza de hierro y vemos, día tras día, los desequilibrios de la de algodón, hay que pensar en que algo se debe hacer:     

  • Acostumbrarles a que las experiencias en la vida son y serán siempre variadas.
  • No fomentar la idea de que es “normal” que se acobarden ante los rechazos. No lo es. Hacerles sentir, en cambio, su valía para rechazar al mismo rechazo con serenidad y confianza en sí mismo.
  • Fomentar la vida activa, mental y física, con logros de los que se sientan orgullosos. No los queremos ni soberbios ni sumisos.
  • Ayudarles a ponerse en contacto con sus sentimientos de todo tipo, a comprenderlos y a gestionar los más vitales en su favor.

La idea de la felicidad, tan importante para tener claro cómo transmitir a los niños una buena sensación de crecimiento, se basa en el amor que se les da cuando se les enseña a gestionar el vivir, no cuando les entregamos la vida envuelta en papel de regalo.

Joaquín Santiago

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