¿Quieres motivar a un niño?: ¡enséñale a hacerlo por sí mismo!

¿Quieres motivar a un niño?: ¡enséñale a hacerlo por sí mismo!

A los ojos de un niño, no hay siete maravillas en el mundo, hay siete millones” (Walt Streightiff)

El recuerdo de mis sensaciones ante los niños, seres en rápido y continuo crecimiento, cuando me sentía necesitado de que encontrasen dentro de ellos la motivación por saber, me llega constantemente. Y cada vez con más frecuencia e intensidad. Y las ganas, inspiradas en esos momentos o preparadas por mí, de impactar su mente con algo llamativo que para mí también lo fuera, me vienen también hoy. No los tengo a ellos ya delante, pero además de en la memoria, la enseñanza así me ha quedado como una de mis esencias.

Y, a la vez que recuerdo aquellas sensaciones, recuerdo las que sentía desde el otro lado, siendo alumno y niño. Como a todos les pasó y pasará, estuve ante profesores muy buenos, admirables por su estilo y directos en sus enseñanzas. De estos tomé inspiración y aún la tomo sacándolos de entre mis recuerdos. Los hubo y seguirá habiéndolos, maquinales y, sí, aburridos. Estos son muchos, sin duda, pero incluso ellos tuvieron momentos inspirados, o que para mí sirvieron de estímulo y de ruptura de esquemas deprimentes. Les doy las gracias a todos ellos.

Predisponer al niño a descubrir y asombrarse

Lo cierto es que tanto aquellos como estos, los buenos y los menos buenos, presentaron altibajos, momentos excelentes y lados grises; pero solo recuerdo ya los primeros. Nadie está a su máximo nivel todos los días, pero una de las claves de la buena educación habita en la capacidad del niño para estar predispuesto a lo nuevo, al saber, al esfuerzo por alcanzar siempre un poco más. Y de hacerlo incluso allí donde solo se le presenta una mañana o una tarde secas y sin colores.

Y es en esa predisposición donde los padres, en la calidez del hogar o en las exigencias de la vida familiar, pueden hacer mucho. Y deben.

  • Lo primero es infundirles la idea del valor ante la frustración, ante la aridez. Tener, incluso, la picardía y la alerta ante toda chispa de calidad que pueda haber hasta en los pequeños detalles.
  • Nunca decir a los hijos que el mundo les debe alegrías, estímulos y sabores excitantes, sino que tengan los cinco sentidos abiertos para descubrir. El sabor acaba viniendo como regalo, pero no es el premio. El premio es la sensación de haber crecido.
  • Abiertos al ejemplo noble del profesor que sabe, se le ve que sabe, pero tiene problemas para transmitir. Que el niño alimente su deseo de saber tanto o más que su maestro.
  • Abiertos a absorber el impacto del otro profesor, rompedor en sus formas, aunque flojo en sus contenidos. Que se quede, pues, el alumno con las ganas de ser un buen comunicador.
  • Y, sin duda, que guarde en su corazón y su memoria el recuerdo perenne y la inspiración por superar a quien le mostró esas dos grandes cosas: saber y saber exponer.

Más allá de la escuela

Deben también los padres estimular la capacidad de asombro del niño, que nunca quedará dormida mientras siga siendo un niño, deteniéndoles ante algo. Ese algo puede ser casi cualquier cosa que vean, por muchas veces que la hayan visto, y hacerles la buena pregunta de por qué se ve tantas veces repetida. O de algo más extraordinario y acompañar la indagación excitada que surja en ellos. Y todo ello sea de la ocasión que sea. De la naturaleza, de los objetos, de las personas, de las emociones y de los pensamientos propios y ajenos. De todo y en todo se puede descubrir algo y asombrarse con ello. Y con todo eso así, ya se puede formar de ese descubrimiento un criterio o varios que le sirvan para entenderlo mejor.

Actitud, ansia, descubrimiento

Pero sean cuales sean los resultados de sus pequeños asombros, importa y mucho instalar en sus corazones el reto excitante por ver qué más hay en el mundo. Despertar el ansia por descubrirlo.

Sin miedo. Sin excusas. Solo así.

Joaquín Santiago

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