Qué debe hacer un padre si su hijo es demasiado introvertido
Qué debe hacer un padre si su hijo es demasiado introvertido

Qué debe hacer un padre si su hijo es demasiado introvertido

Aunque la introversión es un rasgo del ser humano y en poderenfamilia.com lo sabemos que ha estado ahí desde siempre, como puedan serlo la osadía o la elocuencia, el contexto socio-cultural actual ha acentuado facetas de nuestra especie que hasta hace solo unas décadas no eran… tan detectables. A día de hoy, existe a nivel global un porcentaje mucho más grande de problemas relacionados, en mayor o menor medida, con conductas individualistas.

Esto es cierto hasta tal punto que, incluso para los expertos, resulta complicado —cuando no imposible— discernir entre comportamientos patológicos —y, por tanto, susceptibles de ser tratados— y comportamientos normales o naturales.

Dicho de un modo mucho más gráfico, ahora se cuentan por miles los individuos que en el siglo pasado eran catalogados de ‘raritos’, incluso de marginales, debido a su conducta marcadamente antisocial, a su falta —al menos en apariencia— de compromiso con causa o ideal algunos. Es decir, que el sistema capitalista y los avances tecnológicos —Internet a la cabeza, claro, pero ya venía apuntando en esa dirección, por ejemplo, el boom de los videojuegos— han fomentado un individualismo que ha acabado por colarse por debajo de cada puerta, de cada familia, de cada… individuo.

Como padres, una de nuestras principales tareas ha de ser la de evitar que ese individualismo provoque estragos, no ya solo en el seno de nuestra familia, sino en el desarrollo de nuestros hijos: de ello depende en gran medida que su evolución como seres humanos de bien discurra por los cauces adecuados.

Timidez, introversión y otros… ¿sinónimos?

De los párrafos anteriores se deduce la siguiente idea: las conductas ‘introspectivas’ han aumentado de manera más que considerable, por lo suele resultar complicado en grado sumo saber qué niveles de introspección son los adecuados en nuestros hijos. Es más, eso que llamamos ‘introspección’ no siempre es tal, ni mucho menos: el mal uso que del concepto se ha venido haciendo desde tiempo atrás ha provocado que bajo su paraguas alberguemos una cantidad de conductas que solo son similares en apariencia. Confundir estas conductas a las que nos referimos puede resultar muy peligroso para el desarrollo de la relación con nuestros hijos, así como para su propio crecimiento —sobre todo emocional.

Así, es común que, por ejemplo, se confunda a una niña introvertida con una tímida, o a un niño introvertido con otro que padece TDAH (Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad). Clarificar estas dos confusiones en concreto —que, en potencia, pueden resultar catastróficas— servirá para extrapolar los ejemplos a muchas otras conductas: una persona introvertida no padece ningún problema por serlo; sencillamente, disfruta más de la soledad, no siente una necesidad tan imperiosa como la mayoría de sus semejantes de compartir el tiempo en sociedad. Sin embargo, una persona tímida está condicionada por un miedo y una ansiedad más acusados de lo común, siendo estas emociones las que la conducen a un estado de soledad de manera recurrente.

La solución: formarnos como padres y estar muy atentos a las conductas de nuestros hijos

Un niño introvertido se aparta del resto del mundo con frecuencia, mientras que un niño tímido no se atreve a enfrentarlo. Este último, en muchos casos, requerirá de un tipo u otro de ayuda externa para equilibrar su miedo y su ansiedad. Si no la obtiene antes o después, es más que probable que sellen partes de su carácter y de su identidad de manera irresoluble, lo que repercutirá de manera nociva en su modo de interactuar, ya como adulto. En cuanto a las diferencias entre un niño introvertido y uno con TDAH, el propio nombre que categorizaría a este último ya explica todo: el déficit de atención y/o la hiperactividad son trastornos, a diferencia de la introversión, que no es sino un rasgo más del carácter de una persona —como puedan serlo sus ojos verdes o marrones.

Somos nosotros, los padres, quienes en primera instancia hemos de hacer el esfuerzo por, en caso de que nuestros hijos presenten alguna de estas particularidades o síntomas, discernir si se trata o no de un problema. Está en nuestras manos identificar si hemos de buscar ayuda o consejo profesional o si, por el contrario, los parámetros en los que se mueve nuestro hijo entran dentro de lo considerado normal.