Por qué es crucial que nuestros hijos sepan distinguir unas emociones de otras
Por qué es crucial que nuestros hijos sepan distinguir unas emociones de otras

Por qué es crucial que nuestros hijos sepan distinguir unas emociones de otras

En poderenfamilia.com te vamos enseñar a como distinguir las emociones de nuestros hijos:

Durante los últimos años, los esfuerzos por mejorar la educación emocional de nuestra sociedad se han hecho notar. Estos se han materializado en distintas publicaciones —en forma de libros infantiles ilustrados, sobre todo— y en nuevas asignaturas y talleres emprendidos por escuelas, tanto públicas como privadas. Así, los más pequeños están comenzando a recibir unos conocimientos que nosotros, sus padres, no tuvimos a nuestro alcance, y que van a resultarles tremendamente útiles en su futuro desarrollo como adolescentes y, más tarde, como personas adultas.

Con todo, y aunque las citadas iniciativas y las propuestas que siguen naciendo aquí y allá sean esperanzadoras, el camino que hemos de recorrer para alcanzar un nivel de conocimiento sobre todo lo que incumbe a nuestras emociones es todavía muy largo. Largo y pedregoso, porque es probable que no exista una faceta del ser humano más compleja que la emocional.

¿Quién es capaz de distinguir todas y cada una de las emociones que experimenta a lo largo de una jornada, nombrándolas con términos distintos, tal y como dichas emociones ‘merecen’?

Y, más difícil aún, ¿hay alguna persona que pueda decir que posee un control absoluto sobre sus emociones? ¿Por qué continúan siendo las que llevan las riendas de nuestro comportamiento de manera tan recurrente?

Educación emocional para padres y para niños

La premisa de la que parte este artículo es la siguiente: si somos capaces de distinguir con claridad las emociones que sentimos, seremos capaces no solo de controlarlas en cierta medida, sino también de poder transmitirles este valioso conocimiento a nuestros hijos. Así, ellos exigirán los cimientos de su identidad de un modo mucho más rico y equilibrado, y adquirirán la facultad de, en el futuro, ser capaces de discernir por su cuenta nuevas emociones, aquellas que son más propias —cuando no exclusivas— de la edad adulta.

En definitiva, educando a nuestros hijos emocionalmente estamos dotándolos de armas de un valor inestimable, gracias a las cuales evitaremos que, conforme vayan creciendo, se sientan confusos, inseguros o incluso abrumados ante ciertas situaciones y las emociones que éstas les provocan. Es decir, que conseguiremos que se sientan mejor consigo mismos y con aquellos con los que se relacionan, que se entiendan y que entiendan mejor al otro.  Cómo implementar la educación emocional en la rutina relacional con nuestros hijos

En primer lugar, obviamente, hemos de ser nosotros, los padres, quienes debemos adquirir la capacidad para distinguir unas emociones de otras. Para ello, hay dos prácticas esenciales: ejercitar la introspección de manera regular y constante —es decir, detenernos para mirar dentro de nosotros mismos—, y aumentar nuestro vocabulario ‘abstracto’ —en particular, claro, aquel referido a términos relacionados con las emociones.

Para ello, y dado que ambas son labores a las que no solemos estar acostumbrados —como no nos enseñaron que eran importantes, llevamos toda la vida sin trabajar en dicha línea—, tenemos muchos más recursos a mano de lo que pensamos. Sin ir más lejos, podemos apuntarnos a un taller de escritura creativa, ya sea online o presencial: no hay mejor manera de detenerse a pensar sobre cómo se siente un@ mism@ que intentar reproducir sus sentimientos, estados anímicos y pensamientos por escrito.

Por ejemplo, los talleres y servicios literarios que ofrece la plataforma Escriturama, además de ser muy económicos, están enfocados en esta dirección: aprender a conocernos mejor utilizando como punto de partida la creatividad y, en concreto, la escritura. Otra solución —algo más pasiva pero también sumamente interesante y constructiva— es la lectura de algunas de las obras a las que aludíamos al principio de este texto. A modo de glosario y de forma clara y atractiva, iremos conceptualizando cada vez con más precisión cada una de las emociones con las que estamos acostumbrados a convivir —y que tanto condicionan nuestros actos y nuestras relaciones.

Una vez hayamos adquirido tanto las palabras necesarias como el método más adecuado para hacérselas llegar a nuestros hijos —esto último ya formaría parte de otro artículo distinto—, solo faltará atraer la atención de los pequeños. Sin lugar a dudas, la manera en la que mejor conseguiremos integrar los nuevos conocimientos emocionales en la formación de nuestros hijos será a través del juego: no hay un contexto o formato más idóneo para el aprendizaje que aquel que va de la mano de la diversión.