Poner etiquetas al niño ¿es bueno?

Poner etiquetas al niño ¿es bueno?

Este escrito no va de autismo, hoy no, como puede sugerir la imagen que lo encabeza. Pero es esa misma imagen la que sirve de poderoso apoyo a una difícil cuestión: ¿es bueno poner etiquetas a las personas, a los niños? ¿Apoyamos o recortamos su crecimiento integral cuando lo clasificamos? Hay dos afirmaciones que son completamente ciertas en sí mismas y que son, también, completamente contradictorias en lo vital. Una es esta:  las etiquetas nos son imprescindibles, a padres y educadores, para actuar educativamente. Y la otra: Las etiquetas les resultan a los niños un disecar su personalidad, algo que ni entienden ni les comprende en su ser más íntimo y real.

En la imagen de arriba podemos ver el problema. Hay una etiqueta: autismo, pero hay un aviso muy, muy importante: puedo sentir emociones. Lo segundo nos sensibiliza contra el peligro de lo primero: el niño autista es un ser vivo y su realidad interior desborda la etiqueta. Es un niño, y, por eso mismo, es más, mucho más que un autista.

Aun así, necesitamos clasificar

A pesar de esta verdad, no debemos engañarnos. El adulto con sus niños necesita identificar qué le pasa y lo pone en unas casillas desde las que le parece más fácil comprenderle. “Es autista”, “es disruptivo”, “es asperger”, y así las que las ciencias de la educación aconsejan. También echamos mano de casillas más mundanas, más de la vida cotidiana: “es tímido”, “es malo”, “es bueno”, ”es generoso”, “es envidioso”. Usamos unas y otras porque nos ayudan a actuar y relacionarnos con el niño aportándole ayuda. Una ayuda que es necesaria. Si somos adultos que sentimos al niño y le deseamos lo mejor, haremos cosas beneficiosas desde la etiqueta. El peligro es que, si nos creemos solo esto, podemos estar siendo muy cómodos porque sentimos que teniendo al chico dentro de una caja nos evitamos seguir en contacto con sus emociones y con su mente cuando aquellas y esta cambien. Y podemos estar bien seguros de algo: cambiarán. Siempre ocurre.

Debemos no creérnoslo del todo

Lo común es etiquetar, sin duda. Pero incluso cuando tenemos en cuenta la evolución, los cambios físicos del niño, sus reacciones emocionales según crece y cambia, también clasificamos sus cambios. “Este niño está en la fase edípica”, o “ha pasado a la preadolescencia”. Parece que así estamos más conformes con el respeto a su desarrollo real. Si somos sinceros deberíamos pensar en que hacer esto es como querer marcar una vía de ferrocarril que conduce a una estación fija y segura. Sí, es otra buena ayuda eso de clasificar las etapas de crecimiento. Pero tampoco lo es todo porque ni existe ni existirá una etiqueta que abarque a todo el niño. Ni a todo lo que tiene dentro, ni a todo lo que es capaz de sentir, de pensar y de hacer en su presente y en su futuro. La vida de cada ser humano tiene sentimientos y pensamientos que pueden también llevarle a salirse de la vía de modo muy positivo. Y que lo haga.

¿Qué hacer?

Lo primero, una mala noticia. Esta es que no habrá nunca una teoría educativa que haga encajar las etiquetas sobre los niños y la realidad vital y cambiante del niño, del ser humano. Lo racional de clasificar comportamientos y estados de la mente nunca se conjugará con la infinita complejidad y sensibilidad interna que se va desplegando.

Y ahora, la buena. Será nuestra actitud de comprender y observar al niño lo que más le ayude. Etiquetarlo sensatamente cuando sea necesario. Hacerle sentir que decirle que es, por ejemplo “asperger”, lo hacemos solo para ayudar a que se comprenda a sí mismo. Y también a comprender por qué encaja peor, en su caso, con los demás. Pero igualmente debemos hacerle sentir un ser humano rico en sí mismo para que se intente conocer y sentir. Que puede y debe ser creativo, original y sanamente desbordante de las cajas, de las etiquetas, de las casillas. Esas creaciones donde unos humanos nos metemos a otros.

Joaquín Santiago

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