“Padres helicóptero”, ciudadanos dependientes

“Padres helicóptero”, ciudadanos dependientes

La obsesión de los “padres helicóptero” o “padres drones” es controlar, dirigir y crear una burbuja de falsa felicidad y seguridad en sus hijos. Tal ofuscación es paralela a la idea de crear una vida adulta donde todas las necesidades estén cubiertas por las dádivas del Estado y donde la necesidad de seguridad, casa, alimentación y muchos caprichos imaginados estén cubiertas sin esfuerzo.

Las personas necesitan autonomía

Pero no. La necesidad de los niños es, por el contrario, la de crecer en la conciencia de su propia autonomía, la sensación de ser competentes y la satisfacción de relacionarse con sus iguales con autoestima. Y la necesidad de los ciudadanos adultos es no esperar nada que no sea fruto de la propia capacidad y esfuerzo. La autorresponsabilidad está siendo sustituida por el deseo de vivir bajo un Estado helicóptero y de ser padres helicóptero. Este término, padres helicóptero, tiene su origen en el libro de Haim Ginnot, de 1969, “Between parents &teenager” en el que revelaba: “mi madre sobrevolaba sobre mí como un helicóptero”.

Y, sí, muchos padres cometen el error, bienintencionado, pero error, de sentirse menos padres si dejan de controlar cada minuto de la vida de su hijo, de dirigir lo que hacen estos, cómo lo hacen y cuándo lo hacen. Esos padres son el producto acrítico de un ambiente social que prescribe la sobreprotección del ciudadano en todos los ámbitos tal y como Edward Bellamy fantaseó ya en 1888 en su libro “Mirando atrás”, una sociedad donde el Estado “garantiza la alimentación, educación y vida confortable a todos los ciudadanos, desde la cuna hasta la tumba”.

Nada más falso, nada más irreal, nada hay más plagado de peligros que una sociedad donde se espera la sobreprotección y que, por consiguiente, multiplica esa sensación conduciéndola a todos los ámbitos, incluido el de la educación familiar. Tales riesgos terminan por conformar comportamientos infantilizados de por vida, tornando la responsabilidad en inocencia perpetua; y las secuelas de ésta, dependencias, depresiones, actitudes agresivas y victimismos varios, en comportamientos clasificados como enfermedades psicológicas para las que, nuevamente, se exige que “alguien” dé soluciones. Un movimiento continuo y vicioso que genera su propio ciclo de causa y efecto hasta que en algún momento se detiene en un choque brutal con la realidad.

¿Cómo son los “padres helicóptero”?

Ese movimiento donde la sobreprotección inunda todo revela padres que hacen con sus hijos lo que ellos mismos esperan de “la sociedad”. Son padres que sobrevuelan la vida de sus hijos y “madres agenda” que viven sus días en función de sus hijos y regulando sus horas hasta en los menores detalles:

  • Toman decisiones por sus hijos en todos los ámbitos de su vida.
  • Vigilan cada movimiento e intentan complacerles en cada detalle y, lo que es peor, de manera inmediata.
  • Resuelven los conflictos de sus hijos no aconsejándoles sino actuando en su lugar.
  • Hablan en plural con las obligaciones de sus hijos: ¿Cuánto tenemos que estudiar para mañana? ¡Cuántos deberes nos han puesto, hijo!

Muchos son los estudios que resaltan las consecuencias fatídicas de este modo de vida sobreprotector, efectos a corto, medio y largo plazo: depresión, estrés y ansiedad como efectos en la mente y las emociones del niño; inmadurez, deseos cortoplacistas y huida de las responsabilidades como consecuencias sociales que se prolongan hasta la edad adulta y se cronifican mediante un ideario por el que el propio bienestar es algo que la sociedad ha de suministrar. Una sociedad de ciudadanos disfuncionales donde solo hay derechos y se prescinde de las obligaciones se gesta en la infancia con crianzas que frenan el desarrollo natural de las personas.

No queremos estas consecuencias

La sobreprotección cercena las tres necesidades emocionales y mentales básicas:

  • El sentimiento o la percepción de la autonomía.
  • El sentimiento o la percepción de la propia competencia para resolver y evolucionar.
  • El sentimiento o la percepción de sentirse conectados con sus iguales. Los niños burbuja se cierran sus compañeros y solo conviven ocasionalmente con otros niños burbuja sin afrontar la útil y vital prueba de construir sus propias relaciones.

La vida real consiste en rodearnos de ambientes en los que se intercambian satisfacciones, sí, pero también proyectos y competencia personal para prosperar económica y espiritualmente. Solo en la satisfacción de superar por uno mismo, o en cooperación con otros, los obstáculos y las desgracias se puede encontrar la felicidad. Los padres no pueden entrometerse en las distintas esferas que componen la vida de los hijos, ni responsabilizarse de sus obligaciones, ni responder a sus exigencias y caprichos pues crecerán ansiosos y con sentimientos de inutilidad y dependencia.