Niños, mentiras y autoestima

Niños, mentiras y autoestima

¿Son las mentiras necesarias en la vida humana? ¿Son inevitables y, eventualmente, aprovechables en la vida infantil? Todas estas son preguntas que, si no queremos ser ingenuos y dogmáticos, debemos hacernos y debemos intentar responder. Nos van en ello unas mejores relaciones sociales y, sin duda, una educación más responsable y creadora de entusiasmo por un futuro mejor para nuestros hijos.

Acerca ellas la respuesta es “sí”. La aptitud para autoengañarnos, para representarnos con la imaginación causas, excusas y oportunidades es inevitable y, en un sentido noble, necesaria. Pero mentir, aspecto destructivo de nuestra imaginación, es solo una parte de lo que hacemos con nuestra visión del mundo. Los seres humanos somos capaces de embellecer al máximo o de condenar cruelmente con esa imaginación, con ese creernos lo que queremos creer.

Los humanos vemos el mundo como extensión de nosotros mismos

Vemos la Naturaleza, por ejemplo, influidos por nuestras propias imágenes y emociones. En un cachorro de león o de oso imaginamos una imagen tierna y adorable. Pero dejamos de lado, ocultamos hasta el olvido que nada o casi nada en la vida de esos animales encaja con nuestros ideales dominantes. En ese ser por el que sentimos ternura late el instinto de depredación y de autodefensa por encima de aquella.

También ocurre al contrario. Cuando la Naturaleza se nos antoja hostil no vemos una manada de lobos cooperando lealmente entre sí para salir adelante. Por el contrario, inmersos en nuestra sensación de amenaza, vemos alimañas, poco menos que malignas, que deben ser exterminadas.  

La forma humana de ver es la forma infantil de hacerlo

Esta capacidad para imaginar belleza y ternura o maldad y peligro es esencial en nosotros. Y, en consecuencia, no podemos ver las cosas, los amigos, la familia, los extraños, la sociedad y la totalidad del mundo más que desde nuestra íntima sensibilidad. Vemos, sí, pero imaginando aquello que queremos ver en el choque con lo que tenemos delante.

Y es así como debemos considerar a los niños en su crecimiento y en sus experiencias. En un nivel básico y cotidiano, nuestro hijo, con la boca manchada de chocolate y el tarro abierto y vacío, niega que haya sido él quien se lo comió. Se representa una situación falsa para, ingenuamente, evitarse la riña.

La mentira compleja de la baja autoestima

En casos más extremos el niño tiende a culparse falsamente a sí mismo cuando sus padres discuten agriamente. Lo hace porque interpreta ese conflicto muy amargamente y solo le queda creer que él es el culpable y que él puede arreglarlo cambiando algo de sí mismo. Si el niño es víctima de acoso por parte de sus compañeros se imagina, también falsamente, responsable y merecedor de ese maltrato. Un niño celoso de su hermano menor se imagina minusvalorado y desea eliminarlo como centro de atención. La autoimagen que tiene es, una vez más, falsa.

Soluciones

En el caso del niño goloso la solución es muy sencilla. Hay que confrontarlo con eso de que “los hechos son los hechos” y con que la primera lección de un ser vivo, humanos incluidos, es afrontarlos y respetarlos. Para evitar que repita este tipo de mentiras básicas hay que educarlo en el principio de que todo acto tiene sus consecuencias. La primera de ellas es admitir lo ocurrido.

En las otras situaciones las cosas no están tan claras. La autoimagen disminuida que tiene de sí mismo ante la pelea de sus padres, el acoso o los celos ha de ser tratada igualmente como lo que es: una mentira. Es una mentira compleja, pero no menos falsa. Frente a esa sensación interior de ser inadecuado o imperfecto hay que fomentar su autoestima.

La virtud de la magnanimidad

Es por eso por lo que podemos afirmar, con un mínimo riesgo de error, que es la virtud clásica de la magnanimidad la opción correcta y positiva. Lo es para educar al niño ante las mentiras, los autoengaños y, en general, para la totalidad de su vida. Lo es para el adulto que tiene la responsabilidad de educarlo y de acompañarlo.

Magnanimidad=autoestima=generosidad.

Tres cualidades que se fomentan en el niño cuando se le enseña a entenderse a sí mismo, a valorarse, a rectificarse sin sufrimiento. También a no sentir culpas inmerecidas y a aceptar los hechos que él sí ha cometido.

Se trata, en definitiva, de que el niño llegue a entenderse a sí mismo y a entender a los demás. Inteligencias ambas importantes.

Joaquín Santiago

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