Los niños deben hacer y lograr. Dos principios y ocho consejos

Los niños deben hacer y lograr. Dos principios y ocho consejos

“La competencia emprendedora consiste en aprender y ejercer la libertad” (José Antonio Marina)

La acción constituye la consecuencia más importante del hecho de vivir. Las tensiones interiores, desde las más estimulantes a las más incómodas llevan al niño a actuar. Nos comunicamos con los demás por medio de acciones pues toda acción es eso, una comunicación con el entorno. Si un niño pasa sus días pasivamente, sin realizar acciones concretas que expresen su ser de manera satisfactoria, aprenderá en negativo. Una infancia sin sentido del logro, sin el orgullo de la realización propia o propiciada por él, se convierte en una madurez inmadura.

Toda acción empieza en la vida interior

Desde que nace, el niño percibe lo que le rodea, sus padres, los objetos, sus hermanos. Todo ello despierta en él emociones básicas que tiene previamente: alegría, enfado, tristeza, sorpresa, asco, interés. Se le activa cada emoción desde su tendencia más íntima en ese momento. Si siente alegría lo que sus padres le hablen o lo que vea pondrá en marcha en mayor medida esa emoción. Si siente miedo, ocurrirá de la misma manera, y lo mismo con las demás. Por supuesto que esas emociones infantiles se modifican según se las confronte. La alegría puede cambiar a tristeza o a enfado si se le contraría agriamente o bien suavemente.

Cómo hacer

Es justamente en ese momento cuando padres y educadores pueden poner en marcha el sentimiento de actuar. La educación en el espíritu activo empieza no ordenándole solamente que se detenga y que “se aguante”, sino que enfoque sus emociones a hacer algo alternativo a lo que se le prohíbe. O a que haga algo para satisfacer su necesidad de expresarse. Y es que actúan en el niño dos principios: la isostasia emocional y la preferencia temporal, es decir, el inmediatismo o deseo de cumplir de inmediato su deseo.

¿Qué es la isostasia emocional?

Una de sus emociones básicas es contrariada o reprimida por sus educadores o por los amigos. Querer que suprima esa emoción es mal camino porque por ese principio se activará alguna de sus otras emociones: empatía con la situación o rabia. La emoción sentida por el niño nunca desaparecerá. Las cordilleras se hunden poco a poco tras su máxima altura y provocan el ascenso de terrenos o zonas cercanas. De parecida manera ocurre con las emociones.  Lo que sí es necesario es ayudar a encauzarlas de otra manera: negociando, o enfocando su energía a otra acción que le sea satisfactoria.

Inmediatismo del niño

Los niños no tienen la perspectiva del futuro y prefieren obtener lo que quieren inmediatamente. Una vida ordenada en el hogar y en sus días les enseña a aplazar sus deseos que, muchas veces son o los llamamos caprichos. Pero no basta solo eso. Las normas deben ir orientadas a que sea el propio niño el que se ponga normas. La mejor manera es enseñándole a aplazar sus deseos más intensos para después de cumplir sus obligaciones. Y, aún mejor, a orientarle a que sea él mismo el que haga un plan para construir un juego, una fantasía o una construcción útil para los demás.

Ayudar y servir a los demás

Satisfacer los deseos ajenos además de los propios es un arte complejo, pero totalmente imprescindible. El niño debe tener claro que nada podrá hacer para realizarse sin la cooperación de otros niños o de los adultos. Y esa cooperación debe ganársela. Claramente dicho: antes de recibir hay que dar y hay que hacerlo empáticamente, generosamente. Por supuesto que debe tener la esperanza de obtener algo a cambio. Afecto, juego, una paga o cualquier otra cosa que le motive debe estar en su mente y en su deseo. Pero la actitud de la generosidad va primero. Con ello van desarrollándose los sentimientos y actitudes que le convertirán en un joven responsable y libre.

Las ocho patas de la autonomía personal

Esa libertad responsable es la base de la iniciativa y de la acción. Y debe ser más amplia a medida que el niño crece. Hay que animarle a realizar tareas para los vecinos, para la casa, para los amigos, para la escuela. Y debe saber esperar su premio de manera aplazada. El premio demasiado inmediato es tan perjudicial como la recompensa que nunca llega. De esa manera se irán desarrollando las ocho bases de su iniciativa personal, de su capacidad de trabajo, de su disposición a actuar:

  • Capacidad de elegir. La indecisión es la peor de las decisiones. Un niño conectado consigo mismo, al que se le ayuda a conocerse, es un niño que sabe decidir qué quiere o debe hacer primero y qué quiere o debe hacer después para alcanzar una meta. Sea esta una tarea o un juego satisfactorio. Poco a poco debe animársele a hacer planes para sus cosas y animársele a hacerlas y a superar los obstáculos.
  • Espíritu crítico. También debe aprender a rechazar lo que no quiere o lo que no debe. Para discriminar esto, para separarlo de su deber o de su deseo, además de normas ha de tener planes. Hacer unas cosas antes de otras hasta lograr la meta.
  • Apertura hacia el cambio. No hay que asegurarle todo en su día a día. La vida es cambio y casi nunca sabemos por dónde o de dónde nos vendrá. La inquietud es normal en esos casos, pero es necesario que se acostumbre a afrontar con seguridad las cosas que cambian. Si se encuentra con que no tiene cartulina suficiente para construir una casa, debe sentirse cómodo cambiando su plan y aprovechar la que sí tiene.
  • Relaciones y cooperación. Las relaciones son la parte más importante de una vida activa. Pocas o muchas, las que el niño vaya construyendo deben basarse en la justa cooperación. Eso construye su propia autoestima y la estima de los demás y hacia los demás.
  • Trabajar en equipo. Con las relaciones en las que el niño coopera y disfruta vendrán las del trabajo. Con sus hermanos o en la escuela, la generosidad y la empatía han de ir por delante en los trabajos que haga. Y, después, el logro. El logro conjunto o el logro individual, que nunca es exclusivo del niño.
  • Creatividad. Los obstáculos y los problemas se solucionan con creatividad, con inventiva. Debe elogiarse cuando la tienen y animársele cuando no.
  • Confianza. Esta es fundamental. Un niño debe sentirse razonablemente seguro en su familia y con sus amigos. Debe sentirse aceptado, escuchado y orientado. Y con ello, es fundamental que confíe en sus ideas, en sus deseos, y en que su entorno aceptará tanto sus rarezas como sus aportaciones.
  • Liderazgo. Con esto nunca es suficiente aviso el decir que liderar no es mandar. Liderar es hacer algo nuevo y positivo para los demás y merecerse la confianza de estos. Para ello, además de tener coraje para dar un paso en defensa de la dignidad de un amigo o de la suya propia, además de dar soluciones, hay que ser generoso y empático. Debe amar a los suyos y compartir el mérito de lo bien hecho con ellos.

Nunca es suficiente insistir en que el niño libre autónomo, activo y responsable es un adulto feliz cuando llegue esa etapa.

Joaquín Santiago