Las malas culpabilidades en los niños

Las malas culpabilidades en los niños

La sensación de culpa acompaña, en determinados momentos o fases, a todos en todas las edades. Sentirse así, para un niño, es un sentimiento aún más intenso y no siempre se resuelve de la mejor manera. Y lo que es aún peor: la forma final que tienen de hacerlo pasa desapercibida, en demasiadas ocasiones, a padres y educadores.

Los niños sienten sus emociones con una intensidad y falta de equilibrio notables y esas fuerza internas las viven bien como descubrimientos valiosos bien desconcertantes. Falta en ellos la visión equilibrada del otro lado y carecen también de la capacidad para evaluar y poner en su sitio cada sentimiento exaltado que viven dentro de sus cuerpos en rápido cambio.

Un sentimiento con vida propia

El sentimiento de ser culpable de algo o por algo es de tal manera que, cuando surge, tiene vida propia. Cuando en él aparece lo experimenta de igual manera sea cual sea su origen. Es en su naturaleza el mismo, tanto si está ligado a un suceso del que es directamente responsable como si está anudado a otra cosa ajena a su hacer. Y es esta naturaleza de la culpa la que obliga a padres y a educadores a ayudar al chico a no sentirse nunca culpable por lo que no hizo mal. Y va su bienestar en ello prestarles ayuda para entender, en cualquier caso, su propia emoción interna. Sobre todo, cuando se culpa inadecuadamente a sí mismo por no permitirle expresar su criterio (de niño, pero su criterio) mostrando a sus padres su desacuerdo con lo que estos pueden llegar a hacer.

Veamos cómo crece y se comporta la culpa y qué puede llegar a hacerles sentir así sin que nos demos cuenta.

La rabia interiorizada como culpa

La culpa, cuando la sienten, les invade con mucho dolor y reaccionan ante ella con rabia contenida. No se puede dejar de insistir lo decisivo que resulta para ellos que los adultos cercanos distingan entre lo que es un sentimiento razonado y razonable de culpa ante una irresponsabilidad clara y el sentimiento sordo, destructivo del alma de chico que le produce la culpa no merecida. Pero ¿por qué es importante esa diferencia? Porque, aunque nada tenga que ver una culpa con la otra en cuanto a lo que es justo, a lo que es educativo, él las vive de la misma manera: un intenso sentimiento de merecer la pérdida de seguridad y de amor.

Responsabilidad y culpa

Por eso a la primera preocupación de los padres debe ser, sí, reprochar, hacer ver o señalar eso en que ha fallado el niño cuando sin duda lo ha hecho. Y a continuación explicar qué buena norma se ha saltado de la casa, de la escuela o con sus amigos y, sobre todo, consigo mismo como persona de carácter. Hecho así, en el niño crece la responsabilidad y no el hábito enfermizo de culparse. Ni más ni menos.

¿Y que hay de la otra culpa, la que el chico siente igual, pero a la que nadie medianamente sensato puede dar su bendición? Esa culpa es la que sienten cuando sus padres se comportan de una manera que a él le violenta: cuando muestran su enfado agresivo y con ira; o con desprecio en un tono bajo y tranquilo, pero destructivo. Esa es la culpa que sienten cuando los padres, o uno de los dos, se muestra antisocial. O la que siente el niño cuando las peleas, verbales o no solo, entre padre y madre amenazan la estabilidad emocional del niño. Y también la sienten de manera desmedida cuando, aun estando los adultos en su razón, culpabilizan al niño con agresividad o con un letal desprecio personal.

Peligro, rabia, culpa

En cualquier caso, el niño siente que ya no está protegido o que puede llegar a no estarlo. Siente además que su supervivencia está en peligro. La reacción de rabia, que la siente, contra sus padres es inmediatamente ahogada por él mismo: sencillamente no puede permitírsela. Y es entonces, en esas circunstancias, cuando justifica a estos desarrollando un sentimiento que exime a los padres: la autoinculpación.

Si expresa la rabia la escena puede acabar en que él mismo es castigado por ello y acabar por perder el cariño de sus padres. Es aquí donde el niño se culpa a sí mismo por el comportamiento de sus padres y es aquí donde el hábito de hacerlo crece como un monstruo interior que acabará saliendo a la luz en el futuro: en sus relaciones de pareja, en su vida de estudiante o con sus jefes y compañeros de trabajo.

La culpa, como sentimiento indiscriminado, recorre nuestra sociedad y es un arma arrojadiza entre personas, entre grupos pequeños y también entre los grandes. La mayor parte de las veces se achacan culpas a otros para someter sus voluntades. Pagar por no cumplir con una responsabilidad directa y visible es una cosa, asumir culpas no merecidas es otra.

Joaquín Santiago

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