La ‘orquesta de las emociones’, una enseñanza primordial

La ‘orquesta de las emociones’, una enseñanza primordial

La intuición de lo que no se quiere se presenta en muchas ocasiones con una claridad que nos parece deslumbrante y con una sensación de rechazo a eso mismo aún más intensa y cargada del desconcierto ante la tensión de las contradicciones: no se quieren niños adocenados, pero tampoco que la inadaptación y el capricho hagan de ellos su presa; hay dolor cuando no saben afirmar su presencia ante los amigos sin acomplejarse, pero de igual manera se huye del otro dolor: verlos aislados por su entorno ni en lo más mínimo.

¿La vida es compleja? ¡Vaya problema!

No es una opción ni de lejos válida refugiarse en la “complejidad de la vida”. La apariencia de lo difícil tiende a desaparecer cuando se define lo que se quiere, y tanto más seguro es el rumbo de los niños cuanto más claramente se presenten en los padres los más sentidos propósitos para sí y para ellos. Estos serán quienes dirijan las orquestas de sus emociones para bien o para menos bien.

La orquesta de las emociones

Tiene mucho fondo de verdad aquél que afirmó que “quien tiene un ‘para qué’, todo ‘cómo’ acude en su auxilio”, por más que formarse dentro de sí un ‘para qué’ precise de confiar en uno mismo y en su familia, una fortaleza que no está, ni muchos menos, fomentada socialmente. Existen no obstante varias cosas seguras en todo esto.

Una de ellas es que lo que se siente en el alma, lo que nace como deseo profundo decide por nosotros antes del pensamiento consciente y más si este flojea. Ese cuerpo (o alma) que siente lanza su apuesta para que los pensamientos le den forma. Es así para todos, y es justamente desde esa forma, con esa justificación de lo deseado, empujada por esa validación, cuando la persona actúa.

¿Cómo funciona nuestra orquesta interior?

Se actúa siempre según lo que se quiere en el momento en que nos damos permiso, en que admitimos que un deseo, que nunca podemos suprimir ni negar que existe, sea admitido por el pensamiento para su puesta en escena. Si ese deseo nace de la debilidad o nace de la fortaleza y de la grandeza de ánimo es algo muy importante, pero siempre, en todas las ocasiones, es el pensamiento quien filtra o suelta las riendas. Si ocurre lo último, el ‘vía libre’, se pone así a buscar justificaciones de manera decidida y de todo tipo y, ya sin control y movido de cualquier manera, el cuerpo actúa: se dice algo o se calla, se queda uno o se marcha, se toma o se deja, se insulta o se acaricia, se decide no hacer o actuar.

El deseo (nacido de la fortaleza o fruto de la debilidad) dio su orden y el ‘director de orquesta’ concedió el permiso: es fácil prever si el sonido de la obra será ruido o será música según de la firmeza y el saber hacer de quien lleva la batuta. Los músicos con su partitura no son suficiente garantía de música; las emociones, junto a los sentimientos que van con ellas de la mano, no bastan para el buen juicio si no cuentan con un director ejecutivo interior.

Cultivo de nuestro ‘ejecutivo interior’

El caso de ese ‘director de orquesta’ lleva siglos de estudios: antiguos filósofos y moralistas han llamado la atención sobre este punto llamándolo voluntad razonada según un propósito vital. La psiquiatría y psicología modernas le pusieron el nombre de Factor E: la capacidad de ejecutar con eficacia un deseo siguiendo un propósito, una meta, una ambición que permite o relega ese deseo, que aprovecha su energía, bien para lo que el anhelo reclama, bien para el proyecto que la persona decide para su vida.

Para los hijos se quiere ‘lo mejor’, qué duda cabe; y ese deseo, intensa y sinceramente sentido, aunque con demasiada simpleza en algunas familias, les parece a muchos padres algo seguro, pero lo cierto es que así, sin más, está lejos de serlo: sin dirección pensada y sin unas metas queridas, ese vago y difuso ‘lo mejor’ no es una guía ante cada situación, cada contradicción, cada momento de la vida de sus hijos. Justamente lo cierto es lo contrario: los padres crecen como padres y como personas con unos objetivos claros en la vida y en la educación de sus hijos, y confían en buenos valores para ellos animándolos a afirmarse a sí mismos, a modelar sus propios deseos para que dejen de ser caprichos.

Los sentimientos y valores que necesitan para obtener esas metas serán de ayuda con los impulsos más íntimos del niño si y solo si en ellos crece su propio ‘director’.