La importancia de los primeros años de vida de todo ser humano
La importancia de los primeros años de vida de todo ser humano

La importancia de los primeros años de vida de todo ser humano

Los primeros años de vida de un niño son determinantes para su posterior desarrollo como adolescente y como adulto. Es más, no resulta exagerado afirmar que los primeros momentos (las primeras horas, los primeros días) de vida de cualquier ser humano van a ser los que forjen en gran medida su identidad. Y con identidad, en este caso, nos referimos especialmente a aquellos rasgos y capacidades con los cuales dicha persona va a hacer frente al mundo: serán estos factores los que le permitan relacionarse con el resto de sus semejantes de un modo u otro, los que le conduzcan a establecer vínculos afectivos de mayor o menor calidad.

La naturaleza social de las personas

Ponemos el énfasis en la faceta social —o relacional, si se quiere— porque consideramos que es la más relevante en la formación y en el crecimiento de cualquier persona: dependiendo de con quién nos crucemos en nuestro trayecto íntimo —y de qué trato tengamos y de qué vínculos establezcamos—, nuestra vida tomará un rumbo u otro. Sirva como ejemplo de la influencia que ejercen nuestros semejantes en nuestro crecimiento y bienestar —y nosotros en los suyos— ese curioso dato procedente de un pseudo estudio realizado y extendido hace ya bastantes años: cada individuo, en el momento presente, es una mezcla de las cinco personas con las que más tiempo pasa.El equilibrio entre nuestra naturaleza y ‘lo impuesto’

Si tomamos esa premisa al pie de la letra, quedaría invalidada aquella de la que partimos en este artículo de poderenfamilia.com:

que la construcción de nuestras bases identitarias se cimentan cuando somos bebés y niños. Es decir, que somos —y siempre seremos—, en esencia, lo que aprendimos a ser poco después de nacer. O, más concretamente, lo que nos enseñaron a ser. Querremos según nos quisieron, estaremos atentos a las necesidades del prójimo según recibiéramos una clase de atención u otra, sabremos identificar ciertos estímulos afectivos y responder a ellos en la medida en la que fuimos expuestos a los mismos durante los primeros momentos de vida, etc.   

Así, deberíamos coger el dato que citábamos más arriba con pinzas: puede que esas cinco personas con las que convivimos de manera cotidiana influyan en nuestros gustos, contagien nuestra manera de hablar, condicionen nuestro estado anímico y guíen hacia un terreno u otro nuestros pensamientos, pero serán las ‘marcas’ de nuestra infancia las que, inevitablemente, vertebren todos estos factores, el eje en torno al cual girará toda nuestra cosmovisión.

Claro está que no todo lo que somos está determinado de un modo indefectible; si así fuera, estaríamos en manos de un fatalismo que dejaría poco margen al libre albedrío y a la innata capacidad humana de alterar el rumbo de nuestras vidas. Cada uno de nosotros posee una base genética —una predisposición, si se quiere— que afecta de un modo tan crucial en nuestro devenir como los estímulos y las enseñanzas que recibimos en la infancia. La clave del adecuado desarrollo de todo ser humano es lograr alcanzar el equilibrio entre esas dos facetas: lo que nos viene dado de modo inherente —nuestra naturaleza individual— y las ‘imposiciones’ de los seres que nos vieron nacer y nos criaron —padres o tutores.

El trabajo a realizar: carencias, necesidades y temores

Así, puede deducirse que la primera labor que todo padre ha de realizar —y, en realidad, toda persona, vaya o no a ser padre— si desea alcanzar un grado de realización personal satisfactorio, no es otra que la de identificar las carencias, necesidades y temores que le fueron impuestos —inconscientemente, en la inmensa mayoría de los casos— cuando era un infante. Una vez identificados, hay que trabajar en ellos: hay que superarlos, entendiendo que no nos pertenecen y perdonando a quien nos los transmitió. Porque, en efecto, se trata de hallar responsabilidades, no de buscar culpables —ya que no los hay.

Solo de este modo, una madre —y/o un padre— podrá evitar, en cierta medida, trasvasar a su vez los estímulos y ‘enseñanzas’ que recibió, tan perniciosos y tan humanos, a su hijo. Es decir, que antes siquiera de dar a luz y de responsabilizarnos de una nueva vida, es más que deseable que aprendamos la lección por nuestra propia cuenta para poner fin a ese ciclo de emociones malsanas, perpetradas generación tras generación debido a la inercia y a la ignorancia.