La apertura mental y emocional en los niños y en los adultos

La apertura mental y emocional en los niños y en los adultos

Los sistemas completamente cerrados acaban en una pérdida total de energía. Los completamente abiertos simplemente dejan de ser sistemas. Esta ley de la naturaleza sirve perfectamente para los sistemas psíquicos (mente y alma, por hablar comúnmente) y para las relaciones sociales. Los niños, como individuos, son sistemas en los que se da la tensión entre el abrirse y el cerrarse. Por supuesto, esto opera también en los adultos.

Los sistemas psíquicos como juego de emociones, ideas, expectativas y experiencias

En la clasificación ampliamente aceptada por la neurociencia de rasgos básicos de la personalidad (OCEAN) la apertura o cierre ante las experiencias juega un papel muy importante. Apertura, Escrupulosidad, Extroversión, Amabilidad y Neuroticismo son heredables y forman el 50% de la variabilidad individual, como sabemos. La apertura o no a las nuevas experiencias son, además valores personales que afectan y mucho a cómo afrontamos este mundo cada vez más cambiante. Las emociones de alegría, enfado, miedo, tristeza, amor y otras se combinan con nuestro cerebro racional, lógico, experimental y práctico. Los niños viven en su interior todas estas tendencias y cómo las manejen de cara a ese mundo de cambios tiene una gran importancia.

Cómo gestionar una mentalidad abierta

Esta apertura (openness, del acrónimo inglés OCEAN) habla de cuánto de inventivo es el niño o el adulto, entre otras características. Cuánto de curioso se muestra, cuánto de sensible a la estética, a la mecánica, a la curiosidad por los seres vivos, también. Pero no solo se trata de si el niño es abierto al mundo exterior. También profundiza en si la persona es sensible a sus aspectos interiores, a lo intrapersonal. Una personalidad abierta puede serlo a sus emociones más sutiles, a su capacidad para entenderse a sí mismo, a vivir experiencias subjetivas nuevas y estimulantes. La sociedad abierta en la que cada vez vivimos con más intensidad es un campo de oportunidades, sí, pero también de riesgos.

Y una vez más, para afrontar todo ello, hemos de acudir a la ética. El hombre es un animal con moralidad y, siempre por mérito de la humanidad, contamos con un desarrollo de valores nacidos de siglos de decantación. Son esos los valores ilustrados y humanísticos: compasión, autonomía personal, respeto a las diferencias, libre juego en la interacción social, manejo científico de la realidad y gusto artístico. Y, sobre todo, instituciones democráticas y liberales que deben protegerlos sin manipularlos.

Una educación ética en el niño ayuda a que los riesgos de la apertura mental y emocional no caigan en un gusto desmedido por el capricho personal y por la tiranía. Sabemos por experiencia y por estudios que muchos jóvenes caen en cultivar ese capricho personal revestido de falsa libertad y rompen con ello la convivencia.

También sabemos gracias al mismo tipo de observaciones que muchos jóvenes son emprendedores y responsables, además de abiertos a nuevas experiencias. Los valores de la sociedad que los rodea y los valores de las familias y escuelas que tratan con ellos son importantes para aprovechar los rasgos heredados. No solo con el rasgo de una personalidad abierta a las experiencias. También son útiles para el rasgo contrario.

Cómo gestionar una personalidad cerrada

No hemos de interpretar el término “cerrado” como algo negativo. Tan malo es sobrevalorar como subestimar. La personalidad básica que denominamos “cerrada” incluye una tendencia a la cautela y a la prudencia. Se trata de un mayor recelo y vigilancia ante lo nuevo que se incorpora a la vida del niño y una cierta resistencia ante los cambios frecuentes y repentinos.

Muchas personas salvan situaciones de peligro gracias a ello. Muchas civilizaciones y culturas cautelosas han sobrevivido a los traumas también por mantener esa cualidad. La personalidad cautelosa ha de afrontar, no obstante, la desazón que le puede producir la sociedad abierta y cambiante. Pero su actitud equilibrada es, igualmente, un valor del que aprender para, así, conducir esos cambios.

Como en el caso anterior, la educación basada en la ética humanística y en la apertura, la compasión y la idea de una humanidad con derechos iguales (verdaderamente iguales) es la buena salida. Combinar una personalidad cerrada con ideas irrespetuosas con la libertad de las personas es un terrible riesgo. Hacerlo con un ideario moral abierto y respetuoso es un gran valor.

Educar en los mismos valores y permitir que cada niño los adapte a su conducta heredada

Los queremos libres, los queremos felices, los queremos funcionales. Lo queremos tanto en su vida profesional como en la sentimental, la social y la familiar. Por esa razón debemos influir sobre aquello en que sí podemos hacerlo: cómo los niños y los jóvenes adaptan su rasgo dominante heredado a lo que sabemos que es bueno. Para eso tenemos esta guía:

  • Estimular su conocimiento del mundo y su sensibilidad artística. Hacerlo de manera que la persona encuentre sus gustos y los refine, sus aficiones y las cultive, sus objetivos y los trabaje.
  • Excitar su conciencia racional para medir con prudencia lo que sí quiere y lo que no quiere; lo que sí le conviene según las circunstancias y lo que perjudica a su formación como ser humano ético.
  • Cultivar el respeto por cada ser humano individual cultivando también su propia personalidad con autoestima.
  • Aficionarle al arte, a la literatura, a la ciencia, a las tareas mecánicas y manuales, a conocer la naturaleza.
  • Estimular su apoyo a las instituciones sociales que han hecho mejor a la humanidad: la libertad política, la económica, la cooperación, la ayuda mutua.
  • Animar a perseguir sus metas, siempre éticas, siguiendo sus propias tendencias personales.

La educación no debe ser un pacto para impedir que las generaciones más jóvenes amplíen sus ideas, acrecienten sus conocimientos y purguen sus errores. Esto supondría un crimen contra la naturaleza humana, cuyo auténtico destino reside en semejante progreso.

Por ello el estudio riguroso de los rasgos de la personalidad y de cómo adaptarla a tan elemental como alto destino de la humanidad es fundamental. La apertura y la prudencia son valores importantes en ese camino. De educarlos positivamente en cada persona o no hacerlo depende mucho ese objetivo humanístico.

Joaquín Santiago