Jennifer 

Jennifer 

Un día, Jennifer se acercó a mí en la hora de patio mientras hacía la vigilancia y me preguntó qué tenía que hacer para que cierto chico de la clase le hiciera caso. Creía estar enamorada de él. Simplemente le dije que se lo pensara bien y que solo tenía que hacer una cosa: ser ella misma. 

Ese consejo, aunque bueno en general, no era realmente necesario en su caso.

Jennifer era siempre ella misma. Su manejo de las emociones era muy bueno para su edad,  que de aquella era de 11 años.

Sabía intuir cómo se sentían los compañeros y se comportaba siempre compasivamente. Su inteligencia era clara y su capacidad social era excelente. Tenía más desarrollado que los demás de su clase el llamado Factor E, ese que hace del manejo de su mente y de su corazón una palanca para triunfar en el mejor sentido de la palabra. 

Sus padres, provenientes de Ecuador, estaban tramitando su traslado a Poitiers (Francia) porque allí había encontrado trabajo el padre.

Dos años después de irse recibí una carta desde Poitiers contándonos cómo le iba. Muy bien, como era de esperar, en los estudios, y muy bien en sus relaciones de amistad. Pero lo más importante y de lo que ella estaba más satisfecha: conseguía clientes para el pequeño taller de automóviles en el que estaba empleado su padre.

A éste lo traté varias veces: emprendedor, inquieto y con sanas ambiciones de prosperar en Europa. 

Factor E, mejor que la vanidad, mejor que la inteligencia en un pedestal.