Fortalezcamos el “lado fuerte” de las emociones

Fortalezcamos el “lado fuerte” de las emociones

Todos los animales y, en general, todos los seres vivos estamos programados para competir en alguna medida. Victorias y derrotas no son estados absolutos, pero son reales. De lo que estamos hablando es de aquellas situaciones en la vida que producen serotonina en el cuerpo y aquellas otras que la inhiben. Evolutivamente es relevante pues en este juego de victorias y derrotas se configura el mundo natural y el mundo social. Educativamente es aún más importante pues pone en nuestras manos algunas claves para sacar lo mejor de cada niño según la herencia genética que ha recibido.

Lo perverso de un mundo de color de rosa

Tal mundo no existe, por supuesto, pero por ser una fantasía social y pedagógica generalizada es importante contraponerle la verdad. Cada niño tiene en su cuerpo los componentes básicos para desarrollar su fortaleza y, también su debilidad. Las descargas hormonales de serotonina juegan un papel primordial en ambos casos. Si proporcionamos a nuestros hijos experiencias ricas y variadas, donde lo frustrante exista, ponemos a prueba su capacidad emocional (con base bioquímica).

Para desarrollarla en sentido ascendente, las experiencias frustrantes deben ser adecuadas a la edad. Por ejemplo, no podemos pedirle a un niño de 5 años, que tiene dotes de dibujante y pintor, que plasme obras como si tuviera 20 años de experiencia en ese arte. Pero pretender que todo lo que haga a esa edad es elogiable, conduce al fracaso.

El niño que solamente recibe loas y sonrisas acostumbrará su cuerpo al placer no ganado como le ocurre a un consumidor de sustancias estupefacientes. “Descarga inmediata de placer sin mérito personal”, sería la expresión adecuada a la sobreprotección y la crianza “color de rosa”.

Los queremos ganadores

Esta expresión está llena de connotaciones de todo tipo. Algunas veces consideramos que el deseo de ganar es inmoral porque consideramos que supone expulsar a otros del circuito. Y, se dice en consecuencia, que no queremos educar así porque queremos un mundo futuro de paz y de armonía. Nada más erróneo. Para decidir qué tipo de educación queremos para nuestros hijos hemos de fijarnos en dos principios operantes:

El principio de Pareto

Vilfredo Pareto descubrió este principio durante la primera mitad del siglo XIX. Según él, aplicándolo a los recursos vitales de una persona, es el 20% de los talentos y de los recursos de una persona los que marcan la diferencia con las demás. Se trata de sobresalir (no excluyendo a los demás, como veremos en el segundo principio). Pero sí se trata de sobresalir en comparación con los demás en algún área, en alguna zona de actividad, en alguna manera de conducirse.

Y en educación es fundamental huir de pretender los mismos resultados para todos los niños. Por el contrario, conduce al éxito más seguro encontrar los talentos y conductas mejores para que cada niño destaque sobre los demás en alguna de las infinitas posibilidades.

El principio del cosmopolitismo

Este principio alude a uno de los más genuinos y brillantes descubrimientos del cerebro humano. Es un principio que fue abriéndose paso a través de los siglos frente a la cerrazón y la violencia. Podría formularse así:

  • Cuantos más seres humanos haya (lo que implica que habría menos exterminios de personas), más interacción y sana cooperación habría para prosperar material, mental y emocionalmente.
  • La competencia entre seres humanos que crecen en número se daría menos por el ejercicio de la fuerza que por el de la diversidad de talentos. La variabilidad del ingenio, de los sentimientos, de la autonomía de las personas, daría más productos, más comercio, más intercambio de satisfacciones y más variedad cultural. Es un hecho que la explosión demográfica y el contacto creciente entre personas (cosmopolitismo) favorece las oportunidades.

Cada niño es único, pero las leyes de la evolución no cambian

Cada persona nace, como hemos visto en anteriores artículos, con una ramillete de rasgos de conducta heredados (5 son los que los psicólogos conductuales han definido). Pero la combinación en cada uno de nosotros, en cada niño, es diferente a la de los demás. Y el medio en que se crían esos niños completa la variabilidad.

Lo que no cambia es la necesidad de ser alguien en la manada. Y es esa necesidad de destacar en algo, unido a los valores ilustrados y cosmopolitas, lo que hace de la educación una labor excitante, profundamente animal y, también, profundamente espiritual, por decirlo según el lenguaje común.

Educar a los niños a ser competitivos y a proyectar su instinto de ganador en su talento más útil: emocional, físico e intelectual. Educarlos también en su inteligencia cooperativa para beneficiar y beneficiarse de los talentos de sus compañeros. Solamente una ínfima parte de las personas es capaz de sobresalir en todo. Lo normal es que cada uno sea solamente bueno en algo.

La serotonina necesaria se descarga en el cuerpo del niño cuando desarrolla y aplica esos talentos. Es lo que llamamos satisfacción, orgullo por haber logrado algo significativo a un alto nivel.

No podemos negarles esta satisfacción; huyamos, pues, de darles todo hecho.

Joaquín Santiago