El instinto humano del juego, ya desde niño

El instinto humano del juego, ya desde niño

No hay juego sin competitividad. No hay juego sin la emoción del resultado. Tampoco existe juego sin atenerse a las reglas, ni sin respeto por el rival y por los compañeros. Y mucho menos lo hay, si es juego sano, sin respeto por uno mismo. Eso es el juego: una tensión estimulante de quien se esfuerza por ganar sin saber si eso ocurrirá. El juego, de este modo, forma el carácter.

El sentido de la rivalidad, del -“a ver si ganamos”, del –“bien, lo logramos” o del -“demonios, perdimos” nace a corta edad. Según se resuelva produce seres agresivos o seres sociables y con estima propia como aquí explicamos.

Después de jugar y jugar los niños van aceptando sus propias emociones y desarrollando no solo una resistencia frente a las frustraciones y derrotas. También crece en ellos un sentido de lo honorable y generoso cuando las cosas salen bien.

El juego como necesidad nada superficial

No es trivial en absoluto. Quien descanse en la seguridad de que los niños juegan porque son humanos imperfectos, quien piense que es la inmadurez del niño la que le impulsa al juego, comete un error. El espíritu del juego, con sus afectos, compañerismo y rivalidad reglada debe seguir siendo una de las esencias del vivir adulto. Es una necesidad tan antigua como la humanidad desde que se considera así. No digamos sobre lo mucho que importa también entre los no humanos.

La esencia del juego

Hablar de los niños y el juego es hacerlo, previamente, de qué simboliza y qué impulsa al ser humano a él. La intensidad con que es experimentado el juego es lo que lo vuelve digno de ser jugado. No el temor a la incertidumbre. No el preferir que el juego sea fácil y cómodo, sino sentir la alegría de un resultado no asegurado y preferir estar ante un rival que tenga cierta altura. Ese aprendizaje, desde que se es niño, apoya la vida, apoya las emociones no depresivas.

Crecer jugando sin miedos apoya a los pequeños a formarse presintiendo que la vida laboral, escolar, y de cualquier otro tipo, serán mejor, mucho mejor, tomándoselas con lo que se suele llamar “espíritu deportivo”. El niño, en su actividad lúdica, llega a sentirse preparado para la vida. No nos engañemos en esto. La tensión entre la seriedad y la broma que reside en el juego es lo que estimula la participación de los niños en el mismo. Hace posible el compañerismo, la risa y el respeto. Si se gana, alegría. Si se pierde, deseo de jugar más para probarse.

Origen infantil de la competitividad

Se forma, si es de manera sana, en la corta edad ceñida entre los cuatro y los seis o siete años. La fórmula más acreditada en psicología para este importante proceso, aún no rebatida seriamente, es el de la “edad edípica”. Con diferencias entre cada niño y cada niña en particular, lo que sucede es el desarrollo de un sentido de rivalidad frente a una de las figuras parentales. La solución de esa rivalidad será el ir a la madurez y al sentido generoso y cooperativo en la vida, o bien su contrario.

La competitividad sana y la otra

Si animamos a los niños a jugar competitivamente bajo reglas, respeto, emoción y alegría, la tensión se relaja. Esa rivalidad con una figura parental concreta se deriva hacia algo mejor: la autoestima, el sentimiento de la propia valía entre sus iguales. El resultado será un joven, un adulto maduros y sociables.

Pero cuando se deja que la tensión ante la figura familiar rival se encone, el niño crece con resentimiento. Ocurre cuando los padres no se lo toman con alegría, cuando no apoyan los juegos de los hijos con los demás niños, cuando no lo emocionan con los valores que citábamos al comienzo. De este mal modo podemos acabar soltando al mundo un joven adulto bien agresivo, bien depresivo.

El juego, pues, es un símbolo de la vida con reglas, espacios y participantes dados. La vida civilizada no debe ser otra cosa que muchos ámbitos y ambientes donde también haya reglas, haya deseo de destacar y, sin duda, competencia leal.

La vida es, también, juego.