El demonio de los celos: ¡qué demonios!

El demonio de los celos: ¡qué demonios!

Un demonio pequeño, o no, amenaza y atenaza a muchos niños y a los adultos en que luego se convierten. Desde pequeño siente su punzada cuando desea estar en el lugar de su hermano o compañero para recibir la atención que el adulto o que su primer romance le da a otro. Si logra expresar con rabia su sentimiento puede hasta alcanzar un estado deseado por él, pero nocivo: una cárcel para el objeto de su amor y vivir él mismo en ella. Una solución en contacto con lo enfermizo o plenamente dentro de ello.

Si los celos sentidos son imaginarios, si son el resultado de ensoñaciones temerosas de “lo que podría pasar” los resultados son los mismos y su origen, también. Que el objeto de su celoso deseo sea un juguete o alguien cercano es casi indiferente. En ambos casos es eso mismo, un objeto, una cosa a poseer en exclusiva. Aunque no es lo mismo, por supuesto, para la víctima. Un juguete no sufre la posesión, una persona sí y a esta le gustaría más, si no sufre un estado similar, ser querida que poseída.

Ni ceder ni burlarse

En las familias se suceden situaciones delicadas que se toman, por desgracia, demasiado poco en serio. Y los adultos lo abordan de muchas maneras. Van desde la represión y burla hacia el celoso hasta la concesión de su capricho. Sea como sea, el niño o menos niño, seguirá siendo celoso y hasta se lo logrará ocultar a sí mismo; y esa carga profunda saldrá de alguna manera sutil y poco sana, seguro que lo hará. Llegado el caso de su primer o enésimo amor, matará la relación, o llegado el caso de su primer logro social, querrá el premio solo para sí y no lo compartirá. Ocurrirá de estas y otras maneras en estos u otros sitios, momentos y escenarios.

Fortalece su autoestima

La única salida saludable es que la confianza personal del niño, y del adulto que será, marcará siempre la diferencia. La falta de capacidad para alcanzar el objeto de su deseo es el corazón del problema: el celoso se percibe con menos poder. Por el contrario, el corazón confiado en su propia capacidad podrá sentir el pinchazo de ese demonio alguna vez, pero acabará sonriendo ante él. Lo sustituirá por la confianza en el disfrute de los juguetes y en amar y sentirse amado sin recelo, sin exclusividad. Compartirá las cosas y las personas con más facilidad y no dejará que sus romances sean cárceles, ni que sus círculos de amistades sean cerrados.

Abrirse a la vida

Una sociedad de hábitos mentales cerrados, por más variedad de grupos y personas que haya en ella, fomenta que muchos individuos sean celosos evidentes u ocultos. Se considera la posesión emocional exclusiva como un honor y se ve como un deshonor al sano compartir afectos. Y aunque esto juega en contra, quien cree en sí mismo desde niño con la ayuda de sus adultos cercanos se librará de la carga. La autoestima y la capacidad emprendedora y saludable podrá ser la guía que lleve siempre consigo.

La capacidad ejecutiva de la persona es, aquí, decisiva. Con ella aprende la necesaria autonomía interna para querer, para poder y para saber calmar sus estados depresivos y transformarlos en crecimiento. Una inteligencia ejecutiva (Factor E) permite devolver con la acción, y con una vida de logros de todo tipo, la sensación de la propia valía sin menoscabo de la de los demás. El niño que aprende a ser él mismo y a quererse generosamente, aprende también a no ser querido en exclusiva.