Los niños inseguros se convierten en adultos dependientes
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Los niños inseguros se convierten en adultos dependientes

La inseguridad personal es uno de los males de toda sociedad en todas las épocas. Como seres vivos que, por tanto, dependemos de nuestro entorno para sobrevivir, el sentimiento de seguridad es fundamental para desarrollar nuestras capacidades y nuestros proyectos. En las sociedades tradicionales donde la familia y otras instituciones cercanas (el vecindario, las instituciones religiosas, etc.) cumplían el papel de aportar un entorno protector más aislado del resto del mundo, la seguridad se basaba en la estrecha relación con él. La ciudad ofreció, poco a poco, una expansión de la vida, de las relaciones y de las oportunidades, pero, a cambio, aumentó los riesgos y multiplicó los motivos de inseguridad.

Si esto es así, ¿no estamos hoy día ante una explosión mayor de motivos de inseguridad? El mundo global, pleno de tecnologías, de conexiones virtuales y de peligros para la salud y la convivencia supone un reto para los niños y para los educadores mucho mayor, sin duda.

Hay muchos retos a los que enfrentarse y debemos preparar a los menores para ello. El problema que hay es que la ansiedad se apodera también de los adultos que tienen niños a su cargo y la solución a ese problema no es ocultando las dificultades ni ofreciendo sobreprotección. Algunos de los errores más comunes que deben evitarse son:

Pintar un mundo de rosa.

Algunos adultos se adhieren a idearios que colorean de rosa el mundo exponiendo que la bondad para todo y para todos es la solución. Aconsejar a los niños cosas como que deben ser generosos en todas las circunstancias y con todo el mundo les expone a que se encuentren con que esa bondad y generosidad, al contrario de lo que se les prometía, no les es devuelta por sus amigos o compañeros. ¿Cómo explicar entonces que ese consejo, que pretendía ofrecerles seguridad, les causa decepción y tristeza? Es necesario desechar ese tipo de actitudes y ofrecerles consejos que refuercen la seguridad en sí mismos, una seguridad basada en el propio criterio, en el que el niño debe formarse para juzgar cada situación que viva y cada persona que conozca. Uno de los mejores juicios que he aprendido en mi profesión docente acerca de la confianza se basa en un aspecto simple de la compleja teoría de juegos: “ofrece confianza dos veces y retírala si en esas dos ocasiones te han defraudado”. La regla de las dos veces ajusta la sensación sana de que confiar en los demás es bueno, pero confiar en sí mismo es fundamental.

Aterrar con un mundo de peligros.

Este es el error simétrico al anterior y caer en él frena en el niño el sentimiento de autoconfianza convirtiéndole en una persona que actúa reactivamente, que se guía por cada uno de los miedos que los malos consejos y su propia imaginación generan. Nuevamente, si queremos que el niño se desarrolle sano emocionalmente, es necesario hacerle sentir que para cada cosa que pasa en su día a día, hay una cierta cantidad de incertidumbre. Ante ella el niño debe sentirse confiado en que si algo sale bien debe sentirse feliz por ello y repensar qué es lo que ha ocurrido para que tuviera éxito. Y si algo sale mal, es muy bueno que se lo tome con humor, y con amor inculcarle que está bien cometer fallos porque de ellos se aprende, pero hay que evitar, en cambio, los errores. Los fallos son meteduras de pata de las que se aprende; los errores son fallos que no se enmiendan, cometidos una y otra vez. Caer en los primeros y evitar los segundos.

El camino más seguro para educar sin caer en estos dos extremos perjudiciales es, pues, ayudar a que el niño desarrolle su propio criterio de las cosas y se sienta querido y admirado cuando presenta ese modo de pensamiento independiente.