Demasiada adolescencia destruye, pero no comprenderla nos frena
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Demasiada adolescencia destruye, pero no comprenderla nos frena

Un adolescente se convierte en un adulto manipulable o manipulador (o las dos cosas, según las circunstancias) cuando se vuelve sensible al carisma y no a la competencia, a la imagen y no a la idea, a la tribu y no a su valía real, a la afirmación y no a la prueba, a la repetición y no a la argumentación, a la sugestión y no al razonamiento, a la sumisión y no a la creatividad.

Buena parte de los adultos que componen nuestras sociedades han convertido el comportamiento grupal e individual propio de los adolescentes en su ideal de vida y en su modo de expresarse y de sentir. Y no hay modo menos maduro y más autodestructivo de guiarse por la vida que elevar los rasgos y carencias adolescentes a modus vivendi.

Pensar, como muchos padres y educadores piensan, que asumir una mentalidad escasa en el uso apropiado de la mente los llevará a la “felicidad” es condenar a los futuros adultos a desarrollar personalidades manipuladas y manipuladoras. Pero tampoco hay nada de positivo en rechazar muchas de las capacidades de nuestros adolescentes. Mentalmente son capaces de ser creativos, racionalmente creativos, y eso es un valor que sí debemos estimular.

¿Cuáles son algunas de esas características de la adolescencia que unos y otros debemos superar? Citamos tres de entre las más importantes educativamente.

Exceso de emotividad. Los adolescentes sufren, por razones principalmente hormonales, una exaltación de las emociones básicas relacionadas con el amor, el odio, el sexo y la propia individualidad. Lo que sienten, con lo que se emocionan, tiene para ellos un valor máximo por el absurdo motivo de que “así lo sienten”. Convierten sus emociones en valor absoluto y solo falta que los padres y las ideas dominantes en la sociedad crean y propaguen que los sentimientos son verdades para que las verdades y realidades de la vida, cuyo reconocimiento nos daría la supervivencia, sean despreciadas e ignoradas para siempre.

Exageran la importancia de la opinión de sus iguales. Los adolescentes se zambullen en la vida con sus amistades como si la pequeña piscina en la que están fuese todo el océano del mundo real. Viven pendientes de la opinión de sus círculos sociales y solo perciben lo que los adultos les dicen y les transmiten si esto coincide con su visión exaltadamente emotiva de la vida.

Obviamente, dado que mucho del mundo adulto se ha convertido en estos tiempos en una imitación de la adolescencia, en su espejo patético, muchos adolescentes, simplemente, renuncian a convertirse socialmente en adultos. Las falsas ideas en las que crecen bloquean el uso de la corteza prefrontal escasa de que disponen cuando más tarde ésta se desarrolle. Y, sí, la corteza prefrontal es la parte de nuestro cerebro que nos permite planear a largo plazo y percibir la consecuencia lógica de nuestros actos. Los adolescentes carecen de un desarrollo suficiente de esa importante sección cerebral. Cuando una parte considerable de ellos la hayan desarrollado sin la educación adecuada será un órgano socialmente inservible.

Tienen plasticidad mental y su mente puede ser más creativa y capaz de muchos aprendizajes. Este es un valor positivo si se encauzan los dos anteriores hacia una vida de adultos maduros y abiertos al mundo.

¿Qué hacen los adultos responsables ante los adolescentes?

Si se comportan infantilizadamente, dejan de hacerlo. Son hombres y mujeres autónomos, con uso de su racionalidad, con emociones ajustadas a la responsabilidad, con valores como la autoestima, la autorresponsabilidad, la cooperación y la empatía racional; y, muy importante, con la ilusión de desarrollar proyectos propios a largo plazo.

Se abren a las potencialidades de la vida comportándose con capacidad de firmeza en los valores y flexibilidad creativa en las soluciones del día a día, en la búsqueda innovadora de proyectos de vida productivos. La adolescencia tiene carencias de desarrollo vistas desde la etapa adulta, pero su capacidad de apertura mental es también un valor digno de explotar y es necesario hacer que los adolescentes se sientan orgullosos de esa capacidad haciéndoles resistentes al entorno y, también, adaptables a él de manera activa para aprovechar las oportunidades que ofrecen los cambios sociales y laborales.

Son ejemplo de valores. Los adultos que no se comportan con integridad transmitirán hipocresía a sus hijos. Si no tienen autoestima, educarán hijos pasivo-agresivos. Si no respetan los premios como algo que debe ser ganado con el esfuerzo y el uso de su mente, harán adultos que quieren lo que no merecen. Si se basan en sus expectativas sobre lo que los demás “deben darles”, sus hijos creerán que todo se les debe y nada se exigirán a sí mismos.

Conversan con sus adolescentes. Y no digo “dialogan” para que no se interprete, como falsamente hoy se cree, que se trata de comunicarse de igual a igual. No. Los adultos que triunfan como tales ante sus hijos y, en general, ante la juventud, son los que creen en sí mismos como adultos y trasladan, siempre con amor y optimismo, pero también claramente, que la adolescencia debe ser superada y aprovechada para encauzarla a medida que el desarrollo biológico lo vaya permitiendo. Los adultos que les hablan en estos términos creen en el adolescente como poseedor de un enorme potencial, pero no se rinden a sus carencias.

Apoyan su adaptabilidad mental para que desarrollen un sentido de la integridad y de la firmeza. Eso es algo necesario, pero siempre sabiendo aprovechar honesta y creativamente las oportunidades que les da ese mismo entorno que pretende condicionarles pasivamente.

No se trata de reprimir la adolescencia, se trata, como dice José Antonio Marina, de “introducir en esta etapa las virtudes de una personalidad  capaz de resistir  las presiones del entorno, pero también capaz de adaptarse a él, de resolver los problemas que plantea.  Esa mezcla de estructura firme, pero capaz de novedades, es lo que denominamos personalidad creadora.  En ella se unifican permanencia y novedad”.

Ese es, justamente, el modo natural de acompañar a los jóvenes hasta su madurez.