¡Deja el teléfono: tu hijo no está en él!

¡Deja el teléfono: tu hijo no está en él!

La gran paradoja del individuo contemporáneo consiste en proclamar su independencia hasta la exageración, pero reclamando a la vez una inmerecida ayuda y asistencia continua. La caída en desgracia de todo pensamiento rígido y trascendental, de toda fe inamovible que le descargue de la propia responsabilidad de vivir le ha dejado solo.

Y el resultado no es un ser humano que se dirige a sí mismo; por el contrario, se mantiene sumergido en la misma falta de responsabilidad, en la misma pereza anímica para decidir qué quiere. La desaparición de creencias dogmáticas ha dado paso al dictado de la conectividad en las redes y de los impactos de la publicidad, de las proclamas políticas, de lo simple, de los memes. Y, quede claro esto: las convicciones inamovibles no regresarán para suministrarnos de nuevo la seguridad perdida.

La tiranía de las simplezas

La simpleza y la pereza del alma arrastran hacia qué pensar y qué sentir en cada momento. La simpleza es garantía de un pensamiento inestable y de un sentimiento de angustia constante a la vez que ofrece una falsa sensación de certeza. Una angustia solo apaciguada por el siguiente meme y por el próximo motivo de ansiedad. Frente a esto los niños están indefensos mientras sufren a padres que no se defienden siquiera a sí mismos.

Solo una figura educativa con fortaleza anímica, capaz de reaccionar ante esto, puede ayudar a hijos que se ven perdidos entre esa hiperconectividad que manipula. Los juegos en línea, las redes sociales, la pantalla del móvil, en suma, se han convertido en las manos que moldean el alma del niño si ya han desfigurado la de sus padres.

El niño desatendido

El caso de la madre o el padre que recoge a su niño en la piscina sin dejar de caminar pendiente de la pantalla de su teléfono, contando los “me gusta” o conversando sobre la última banalidad emanada de sus “conversaciones” es, por desgracia, demasiado habitual. ¿Acaso su hijo no necesita que se le pregunte con respeto sobre su día? ¿Resulta imposible que los padres se expresen, con una sinceridad apropiada, sobre su propia jornada y educar así las buenas actitudes de su hijo?

La consecuencia de responder a estas preguntas optando por la dejadez que simboliza el mal uso de la conectividad es un camino hacia una infancia con deficiencias de atención, con incapacidad para concentrarse en un buen libro o para disfrutar de sus propios juegos y creatividades.

Depresiones o fortaleza

Con la hiperconectividad y el frenesí consiguiente crecen afectos que no deberían crecer: la dependencia emocional y un ánimo depresivo, obsesionado solo por alcanzar el siguiente instante de ansiedad-placer. Una dependencia teñida de la falsa sensación de independencia, la que proporciona el pasar de un gancho emocional a otro. En nada se arraiga, luego se es “independiente”.

En la ruta contraria a esta, que lleva a la nada, está la inevitable confrontación ante un mundo extremadamente superficial dirigido por la cambiante “actualidad” de las redes. Si éstas nos ofrecen banalidad, es necesario encontrar un uso controlado de ellas con contactos basados en personas y grupos responsables amantes de las realidades culturales, sin duda.

Pero lo más importante, lo más beneficioso para los hijos es que se deje a un lado el teléfono, que el niño lo vea hacer y que se hable con él intercambiando afecto, conocimientos, valores y amor.