Culpar y sancionar no son lo mismo

Culpar y sancionar no son lo mismo

Probablemente no existe una manera más eficaz de matar el crecimiento del niño, del joven, de todo ser humano que instalar en él el hábito de sentirse culpable, de sentir remordimientos. Su contrario, el castigo y el premio razonables y sin excepciones, unido a la costumbre de animar en su pecho emociones expansivas y satisfechas de sí mismo y de su familia, impulsan en sentido contrario.

Los efectos implosivos de los remordimientos

Si no tenemos duda alguna de que, en alguna parte de la mente humana y en algún ancestral rincón de nuestro corazón existe el impulso sano de adentrarse en la realidad para conquistar en ella nuestra porción de felicidad, sabremos que encauzar mediante la corrección es necesario, pero evitar la debilidad anímica lo es aún más. El amor que los niños y jóvenes reciben por este medio es recompensado a sus padres con el orgullo de haber educado hijos autónomos, cooperativos y justos en sus trabajos.

¿Tu hijo ha roto un jarrón?

Llevado por un sano ánimo de jugar, de ser activo, de representar papeles imaginados con los que disfrutar como si fueran reales, sucede que tu hijo ha roto un jarrón, ha alterado el orden de la casa y, con ello, ha hecho enfadar a los padres cuya relación con el jarrón no debería ser más importante que la que tienen con su hijo. También han visto aquellos cómo éste debe aprender ser cuidadoso con los objetos, los recuerdos, los adornos y las posesiones que están bajo sus padres. En el caso de que el enojo lleve a estos a hacer que el niño se sienta culpable por lo que les hizo a ellos, en lugar de por lo que le hizo al jarrón, se instalará en el muchacho una “mordedura de la conciencia”.

Con el remordimiento aferrando su corazón, angustiado por un imaginario daño hecho a sus padres, matará sus ganas de ser un chico activo, con iniciativa y energía. La sanción inteligente por romper el jarrón, en cambio, interioriza el respeto a los bienes de sus padres, germen del respeto a las cosas propias del niño y, algo que es aún más impactante para su futuro: deja intactas las innatas emociones de acción, juego, logro y, más adelante, iniciativa personal. Si en la enmienda que los padres pongan al chico se incluye que colabore en arreglar el jarrón (si tiene arreglo) o ayudar en la compra de otro (poner de su dinero y acompañar a sus padres en esa compra), la enseñanza es aún más completa.

Expuesto de manera breve: la sanción enmienda, genera respeto y salva la personalidad del niño, y nunca se subrayará lo suficiente que esto será así tanto más cuanto que el niño colabore en arreglar el daño.

El premio emocional más valioso: la satisfacción por el logro

Y poco más dan de sí estos sucesos, por frecuentes que sean, en los que un hijo perturba normas, comete errores en los estudios o rompe jarrones; porque lo esencial de su educación es que sea capaz de actuar con autonomía personal, de amar el juego y los logros, de amar el trabajo y de desear algo importante para su vida. Para esto, la costumbre de sentir remordimientos no es una opción; el hábito de responsabilizarse de lo hecho, malo o bueno, sí que lo es.