Crecimiento sano frente a los abusos sociales

Crecimiento sano frente a los abusos sociales

La agresividad es natural en todo ser vivo. Para llevar a cabo el proceso de vivir, el impulso agresivo es indispensable. No obstante, para desarrollarlo en beneficio de una sociedad humana cooperativa global es imprescindible conocer algunas pautas personales y educativas. De la misma manera, esas pautas están también al servicio de la cotidiana relación interpersonal honesta. Y la ciencia, el tipo de conocimiento más aproximado a la realidad que nos es posible, ayuda mucho. En el anterior artículo describí el marco educativo y social adecuado para elevar el nivel de cooperación social ajustando la agresividad. En este recorro el modo específico de manejar educativamente esa fuente de energía.

Efectos primarios del abuso en la víctima

A veces la gente es víctima de diferentes tipos de abuso porque no es capaz de responder a las agresiones que sufre de naturaleza fija o variable. Unas son agresiones directas, físicas o verbales. Otras se presentan como poco perceptibles y cobran la forma de extorsiones sutiles, engaños diversos y maledicencias que desacreditan a la víctima. Estas situaciones se presentan en gran medida en el mundo infantil pero no solamente en él. Algunas personas siguen siendo, de adultos, objeto de abusos porque no responden a la agresión. Es algo que suele ocurrirles a las personas con tendencia a confundir la sana compasión con autosacrificio, sobre todo si son dadas a las emociones negativas y emiten tres tipos de mensajes:

  • Expresiones de sufrimiento
  • Quejas existenciales.
  • Justificaciones en beneficio del agresor.

Consecuencias posteriores

De los cinco rasgos básicos de conducta que recibimos como herencia genética (citados en este enlace), es en dos donde incide el tipo de respuesta que la persona, niño o adulto, dé. Se trata del grado de afabilidad o desapego, y del grado de neuroticismo; el cuarto y el quinto de esos rasgos, presentes en ella.

Reprimiendo con una camisa de fuerza embebida de la moral más rígida, las personas piadosas y sacrificadas con exceso de afabilidad, además de ingenuas y fáciles de explotar, no recurren a la rabia legítima y apropiada que sienten. Esta es siempre necesaria para defenderse y para generar la suficiente serotonina que induzca a sus hombros a enderezarse ante la agresión, como explica el psicólogo clínico Jordan Peterson. Los resultados pueden ser variados y alguno de ellos, los más significativos, se sitúan en uno de estos extremos:

  • Las personas ingenuas e indefensas tienden a enfocar sus percepciones y acciones a partir de esquemas muy simples: la gente es generalmente buena y todo agresor puede y debe ser justificado. Estas premisas, no obstante, se derrumban fácilmente cuando aparece alguien específicamente malintencionado. Digo “específicamente” porque nadie es totalmente malintencionado en todas las situaciones y con todas las personas. Pero puede ocurrir algo peor que ese derrumbe: el pensamiento ingenuo se convierte en una invitación al abuso. Quien busca obtener un beneficio a costa de alguien y no con alguien sabe identificar a quien piensa con ingenuidad.
  • Las personas que sienten mayores niveles de ansiedad natural contienen un potencial de desarrollo de la agresividad que puede manifestarse de manera explosiva y destructiva. Bien destructiva de su entorno social, bien destructiva de sí misma. En el primer caso hay un buen ejemplo, sin duda exagerado pero clarificador, extraído de la ficción literaria. Stephen King describe la vida de Carrie, una chica cruelmente maltratada en su casa, en el instituto y hasta por su propio novio, y ridiculizada hasta la saciedad. La explosión de agresividad de Carrie, electrocutando, matando e incendiando es un caso extremo, pero expresa lo que puede ocurrir, en grado menor, pero destructivo. Muchos de nosotros podemos identificar casos en que la víctima de abusos se convirtió, por ellos, en un ser productor de caos e injusticia.

Cambiar el paradigma de que la agresividad es, de por sí, negativa

Dado que la agresividad es innata en todo ser vivo, es necesario convertirla en asertividad, es decir, en la afirmación de sí mismo en grado suficiente y socialmente convincente. Los niños deben ser educados en identificar sus sentimientos de rabia como algo tanto positivo como encauzable. Positivo en lo que tienen de expresión de energía interna y encauzable en aquello que resulta civilizador. Así pues, muestra el camino al agresor: cambiar o retirarse; y se enseña a sí mismo a modular su energía afirmativa cada vez mejor.

Alguna de las fuentes de la actitud sumisa está en el tipo de mensajes educativos en los que se forman las personas:

  • Como hemos visto antes, los mensajes que proyectan la idea de que el mundo social humano, y hasta el natural, es una fuente de armonía y bondad desarman al individuo y son un atractivo objetivo de abusos y fraudes más o menos sofisticados. Le urge a esta víctima por ideología beber de las fuentes experimentales y científicas que revelan no todo lo contrario, sino lo parcialmente contrario. Que los seres vivos son tanto potencialmente cooperativos como potencialmente tiránicos. Y que la propia agresividad natural es una fuente de energía que confirma su lugar en el mundo y educa a su entorno de manera sana.
  • Personas que se criaron en entornos con autoridades bien coléricas, bien excesivamente normativas y punitivas, bien todo ello, reprimen muchas veces en su fuero interno todo sentimiento agresivo. Es sabido por la historia, por las biografías y por la naturaleza que las normas facilitan el progreso si son generales y socialmente necesarias. Son, como dijimos en otro artículo, un factor de civilización y de libertad.

Pero esas normas pueden ser también un recurso del abusador si son innecesarias y tan detallistas que sirvan solamente para recordar al sometido que siempre ha de estar dispuesto a la sumisión. Las langostas marinas, animales especialmente fáciles de estudiar debido al mayor tamaño de sus unidades neuronales, se comportan como los humanos vemos en muchas sociedades y ambientes corporativos. La langosta que se ha hecho dueña de un harén, de unos acólitos y de un territorio duerme plácida en su cubículo. Pero cada noche sale a despertar a todos los demás para nada práctico. Lo hace solamente con el objetivo de recordar a sus subordinados que puede hacerlo y que puede obtener su servil atención siempre que quiera.

Educar en la asertividad

Debemos, pues, educar en la afirmación de sí mismos. No solo en esto, aunque sí perentoriamente en esto. Educar a andar con la cabeza bien alta y relacionarse respetuosamente con los demás. A enseñar con cierta regularidad nuestra “peligrosidad” llevando a cabo los propios proyectos sin abusar pero sin dejarse obstaculizar o someter. A facilitar que la serotonina fluya por las redes neuronales que esperan el efecto tranquilizador de ese potente neurotransmisor.

Educando así, siendo así, los demás, tal y como enseña la “teoría de juegos” sociales, empezarán a asumir que se es una persona competente o, por lo menos, no sacarán la conclusión inmediatamente inversa.