Covid-19: no trasladar ese miedo a los niños

Covid-19: no trasladar ese miedo a los niños

Los desastres naturales y otros cambios que nos giran las vidas son menos traumáticos en los niños que en nosotros. Han vivido poco tiempo y su alma está abierta a las novedades. Incluso pueden llegar a sentir una ingenua y curiosa apertura ente ellas si se les enfoca bien. Pero lo que no soportan es que los adultos y sus padres se desestabilicen y dejen de ser su seguro emocional de vida.

Nos decimos a menudo que ellos son sufridores pasivos y poco atendidos en estos tiempos de pandemia. Se ven casi encerrados en los hogares, su vida cotidiana sufre cambios, disfrutan de menos contactos con el exterior y, en todo caso, mucho más controlados. Creo que, a pesar de todo, los creemos más débiles y menos flexibles de lo que en realidad son. Creo que sobre ellos son mayores los efectos de la actitud de los adultos cuando procesan el drama con menos consideración hacia los niños que lo que lo hace la propia pandemia.

Fatiga parental

Este es el primero de los errores sociales e individuales y se da en una proporción considerable. Los adultos con niños, o no pocos de ellos, dan rienda suelta a su ansiedad con cuadros que ya se están clasificando como de fatiga de los padres (“burnout” parental, un “estar quemado”). Esta situación puede llevar a situaciones de peligro para ellos mismos, como sufridores directos, y para los niños que los ven y los sienten padecer así.

En casos suaves, los pequeños ven en sus padres problemas de sueño y peores relaciones entre su madre y su padre. Aparece la dejadez en la atención emocional hacia el niño que, en su interior, culpa difusamente a la Covid-19 de todo eso. También surge en él el temor dramático a perder el paraíso que significan sus padres y, como les sucede muchas veces, la idea de culparse a sí mismo de ello.

Los desastres existen, sí

No cabe duda de que los impactos globales nos afectan y mucho. Pandemias, guerras, ciertos fenómenos naturales, todos generales, se infiltran inevitablemente en nuestras vidas. Nos llegan sin avisar y, cuando menos, con una difusa y desorientada preparación. El virus Covid-19 y la enfermedad general que produce inyectan en el ánimo y la convivencia un caos no previsto y un temor desconcertante. No es una amenaza con efectos fácilmente localizables y no hay un escudo protector previsto. En eso estamos todos de acuerdo.

Pero …….

Es fácil, también, engañarse al respecto y eso es exactamente lo que está ocurriendo. Porque si es cierto, cosa que creo, que el presente es la conclusión de todos nuestros pasados, tan exacto es lo inverso. Entrever el futuro, y hacer algo para mejorarlo, depende de cuánto podamos comprender el hoy, lo inmediato, el aquí y el ahora. Y, algo que es extremadamente importante, ofrecer a nuestros niños la perspectiva de que siempre y en todas las ocasiones, hay maneras de navegar en los cambios. Podemos ir en una barca que intentamos reparar sobre la marcha o aprovechar el oleaje como se hace en una tabla de surf.

En primera instancia dejamos que nuestra ansiedad responda con impulsos a corto plazo. Queremos, primero, parar el golpe aliviando nuestra ansiedad. Según eso nos centramos en dar soluciones-escudo: tenemos un problema y queremos una solución. El objetivo es reducir la ansiedad. Y, ¿es suficiente con eso? ¿Nos deja mejor preparados para la siguiente pandemia?

Un buen legado para ellos

Dar soluciones a los problemas no es lo mismo que aprovechar las posibilidades de avance que esos problemas nos dan, una vez reducido el riesgo presente y calmada nuestra ansiedad inmediata. La visión curiosa ante lo que ocurre y cómo podemos aprovecharla para mejorar la vida con los cambios que se nos ofrecen genera menos estrés y más soluciones de verdad. Y esto es lo mejor que debemos ofrecer a las generaciones que van por detrás de nosotros. Y más que “lo mejor”, es de obligado cumplimiento dejarles un legado de confianza en el futuro.