Construir o destruir la confianza del niño en sí mismo

Construir o destruir la confianza del niño en sí mismo

Los primeros años de la vida del niño marcan, sí. Pero no solo lo hacen por las limitaciones que los adultos les inculcamos. Lo hacen por la fe que el niño tenga, o no, en la propia chispa interior de confianza para hacer de lo recibido una ocasión, una limitación o una rebeldía absurda.

Las tres vías están abiertas para él. Y hacia cuál de ellas le guíe su instinto, nunca bien conocido por los demás, tiene más que ver más con su fe en sí mismo que con lo que el entorno le infunda. Y es esto un descubrimiento propio visto y sentido en años y horas de contacto con la vida docente. Tiempo este en el que me habitué a ver en el “atrasado” en el necesitado de apoyo, en el diagnosticado de algo otro algo, otras posibilidades. Los intentos de darle “una vuelta de cuerda” que le abriera a sí mismo encontraron disparidad.

Debemos buscar la ocasión

En algunos niños la respuesta era inmediata. Los intentos de sacarlo de su pozo reactivo consiguieron que surgiera su alma activa. Pero no siempre ocurre el milagro. En otras ocasiones, el niño no creía en sí mismo y esperaba que una varita mágica le resolviera salir del pozo. Ese niño se alimentaba de un diálogo interno negativo y circular: “vuelco mi rabia en los demás”, “me culpo..soy tonto”, “todo me sale mal”, en el fondo “espero un milagro externo”…y reinicia así el nunca mejor llamado “círculo vicioso”.

Indudablemente algo se puede hacer como padres y como educadores. No hay varita mágica alguna, pero sí existe eso de educar para abrir puertas, para evitar limitaciones que se enquisten de por vida en ese niño que algún día será un adulto. Y debemos siempre buscar esa ocasión.

Los niños como seres con potencial de vida expansiva

En todos anida un potencial de vida expansiva, sin duda, pero en los niños, más. Hay niños con una o más tipos de inteligencia que están ahí, sin desarrollar. Puede tratarse de la inteligencia emocional (intrapersonal o interpersonal). Puede estar en su cuerpo inquieto, deportivo o artístico. También es posible encontrarlo en su inteligencia práctica con objetos, cables o construcciones. En muchas y variadas cosas hay algo que toque su mejor vibración interior. Pero más allá de todo eso se alza el mejor de todos los tipos de inteligencia: la fe en sí mismo. Con ella el niño halla siempre la manera de realizarse a sí mismo con lo anterior. Y hacer lo contrario, es decir, rebajar su fe en lo que sí puede, no es, definitivamente, bueno. Pero tampoco debemos equivocarnos en esto: recibir una educación limitante no es, tampoco, definitivo.

Los límites que estimulan y los que no lo hacen

Esta cuestión de los límites no se puede resolver con simplezas. Existen muchas buenas reglas y normas que se deben marcar al niño. Se refieren a todo aquello que, aunque le frustren momentáneamente, le abran a sentirse bien. La limpieza, el orden no obsesivo, las horas de actividad (la libre y también la reglada), el respeto a los demás, el exigir respeto hacia él mismo, son algunas. Cada uno de esos buenos hábitos devuelve al niño una sensación de calidad de vida. Y, añadido a todo ello, como la piedra clave en lo alto de una ventana románica, está la enseñanza que lo sostiene todo: “cree en ti mismo a pesar de cualquier cosa”. Se le puede ayudar, sí, a levantar su propio arco, pero no podemos alzarlo sin que sea el mismo chico su propio constructor.

Se juega en todo ello su futuro

Y es así como los preparamos para la vida. En ella no encontrarán siempre, antes al contrario, personas y milagros estimulantes. Habrá limitaciones, rechazos, fracasos y frustraciones. Pero habrá fe en sí mismo. Y constancia para encontrar el “cómo” lograr su “qué”. Ese modo propio de vivir construyendo su propio espacio feliz supera las barreras si antes él mismo las supera en su alma. Y lo hace siempre y solamente si evita culpar a los demás y si evita, también, limitarse a sí mismo.

Es decir si no se avergüenza de ser como es sin juzgar agresivamente a nadie.