Una historia promedio de mentiras en familia.
La mentira agrede la mente del niño

Una historia promedio de mentiras en familia.

Relato de Nathaniel Branden con pregunta final

Estoy convencido de que la mayoría de nosotros somos hijos de familias disfuncionales.  No se trata de afirmar que la mayoría de nosotros hayamos crecido en hogar de alcohólicos ni de que nos hayan violentado física o sexualmente. Lo que señalo es que la mayoría de nosotros pertenecemos a hogares caracterizados por señales contradictorias, negaciones de la realidad, mentiras de los padres y falta de respeto adecuado a nuestra mente y persona. Hablo del hogar promedio.  Recuerdo que un día discutí este tema con la distinguida terapeuta familiar Virginia Satir, que me dio un exquisito y asombroso ejemplo del tipo de locura con la que crecimos muchos de nosotros. 

Imagine, me dijo, una escena de una niña, una madre y un padre.

Al ver una mirada de desdicha en el rostro de su madre, la niña pregunta: «¿Qué te pasa, mamá? Pareces triste.»  Su madre responde, con la voz tensa y seca: «Nada. Estoy bien.»  Luego el padre dice, irritado: «¡No molestes a tu madre!»  La niña mira alternativamente a ambos, completamente perpleja, sin poder comprender la reprimenda. Comienza a llorar. La madre le grita al padre: «¡Mira lo que has hecho!» 

Me gusta este relato porque es muy común. Analicémoslo más detenidamente.  La niña percibe correctamente que algo perturba a su madre y responde apropiadamente. La madre actúa invalidando la percepción (correcta) de la realidad de la niña: miente. Tal vez lo hace con el deseo equivocado de «proteger» a su hija o quizá porque ella misma no sabe cómo tratar su desdicha. Si hubiera dicho: «Sí, mamá está algo triste, gracias por notarlo», habría convalidado la percepción de la niña.

 Al reconocer su propia desdicha simple y abiertamente, habría reafirmado la compasión de la niña y enseñado algo importante sobre una actitud sana hacia el dolor: le habría quitado fatalidad al dolor. 

El padre, tal vez para «proteger» a la madre o quizá por sentir culpa porque tiene que ver con la causa de la tristeza de la madre, reprende a la niña, aumentando la confusión de la situación.

  • Si la madre no está triste, ¿por qué molestaría una simple pregunta?
  • Si está triste, ¿por qué es incorrecto preguntar y por qué miente la madre?

Ahora, para aturdir más a la niña, la madre le grita al padre, reprochándole que haya reprendido a la niña.

  • Contradicciones agravadas, incongruencias sobre incongruencias.
  • ¿Cómo puede la niña comprender la situación?

 La niña puede correr, buscando frenéticamente algo qué hacer o con qué jugar, intentando borrar todo recuerdo del incidente lo más rápidamente posible, reprimiendo sentimientos y percepciones.

Y si la niña huye hacia la inconsciencia para escapar de la sensación de terror que produce el estar atrapada en una pesadilla, ¿culparemos a sus bien intencionados padres por comportarse de forma tal que la inducen a sentir que ver es peligroso y que la ceguera es segura?”