Cómo educar la agresividad natural hacia la natural cooperación

Cómo educar la agresividad natural hacia la natural cooperación

La cuestión de la violencia nos preocupa a unos niveles mayores hoy día que hace décadas, siglos y, aún más, milenios. Y ese simple hecho, el de aborrecer la agresividad destructora o tiránica, nos hace más sensibles a ella. La enfocamos más y, de manera contraria a la evidencia de los números, la creemos más presente hoy día que en un pasado remoto.

Educativamente es necesario observar la naturaleza de la violencia porque precisamente la queremos contenida e, incluso, suprimida. La violencia en las sociedades humanas ha disminuido y disminuye a grandes pasos merced al proceso de civilización. El volumen de evidencias en este sentido que presentan los antropólogos, psicólogos, sociólogos y politólogos es relatado por Steven Pinker en su “Los ángeles que llevamos dentro”. No vamos a glosar su extensa exposición. Lo que sí haremos es extraer de ella algunos principios para educar.

La agresividad que lleva a la violencia es natural. Lo contrario, también

La vida, en el único sentido considerable, es decir, el biológico, tiene elevados componentes de violencia. Es cada vez mayor el número de naturalistas que, desde el rigor científico, abonan esta verdad. Como una muestra de tantas que son posibles, la primatóloga Jane Goodall publicó una en 1986 tras largos años de estudio de los chimpancés. El estudio reveló la existencia de una violencia sistemática, no ocasional, entre bandas de chimpancés a niveles que no resulta agradable relatar. Su discípulo, Richard Wrandham, analizó, además, las ventajas que obtenían esas bandas de su comportamiento violento.

Los humanos somos seres vivos y, sin duda, seguimos un comportamiento parecido. Lo cierto que es solamente parecido, porque el proceso de civilización ha inhibido en nosotros mucha violencia y ha animado mucha cooperación y compasión. Los humanos hemos descubierto las desventajas de la violencia merced, también, a nuestra evolución cerebral. Es ahí donde al ser humano le han salido bien las cosas en su historia donde la educación puede y debe fijarse.

La autoridad imparcial y las reglas para todos

  • La autoridad es imprescindible. No siempre es buena y no siempre reduce la violencia y la injusticia, pero lo seguro es que sí es mejor que la anarquía. En esta la violencia es la única ley.
  • Por eso es muy importante que se eduque a los niños a seguir normas de conducta.
  • En casa, en la mesa y, sobre todo, en los grupos donde enviemos a nuestros hijos.
  • Socializarlos en actividades informales y formales según reglas iguales para todos les hace cooperativos y compasivos; seguros y emprendedores.
  • Los padres, las escuelas y todas las demás instituciones deben seguir esta pauta.
  • Si una autoridad imparcial pone límites, no excesivos, como veremos, pero sí invariables, la agresividad y los afectos de cada niño se guían hacia el éxito colaborativo y a la satisfacción emocional.

El intercambio abierto de esfuerzos, talentos y amor

  • Dado que la combinación de los rasgos de la conducta es única en cada persona, los niños han de sentirse valiosos como son para aportar lo mejor.
  • Esta es la clave: aportar lo que les diferencia, sus “rarezas” incluso.
  • Pretender que los niños sean todos iguales es limitar su felicidad, sí, pero también cerrar el paso a los beneficios que pueden dar a los demás.
  • Proteger su talento artístico, su tendencia científica, su sentido práctico, su capacidad de empatía, su saber manejarse en grupos sociales o de trabajo. Eso es educativo y civilizador.
  • Y la lista de talentos posibles es tanto mayor cuanto más atentos estén los padres y los educadores a favorecer su iniciativa.

La igualdad de sexos

  • Una de las diferencias más importantes entre los seres humanos está en el sexo.
  • Las diferencias biológicas son tan acentuadas y, a la vez, tan complementarias que es imposible pasarlas por alto. La incorporación de las mujeres a un estatus de autonomía personal es un factor de civilización inapelable.
  • Los niños y las niñas que aceptan el papel de igual derecho a decidir sobre su vida forman mejores equipos, sanamente competitivos y satisfactoriamente cooperativos.
  • El respeto a las decisiones individuales elimina muchos motivos de agresividad tales como el “honor” por la “posesión” de una pareja cuando son adolescentes.
  • Al igual que ocurre con los diversos talentos, la aportación combinada del carácter de los hombres y de las mujeres aumenta la felicidad y la riqueza social.
  • Es importante, pues, que en la educación no haya diferenciaciones en cuanto a los derechos y solo en cuanto a los talentos y al esfuerzo. Y, como sabemos, los talentos son siempre individuales.

La razón y la educación elevada

  • La razón no es solo racionalismo. Es también sensibilidad, afecto y gusto en sentido amplio.
  • Educar en el uso de la inteligencia para respetar los hechos de la vida, para aceptar lo que no se puede cambiar, para observar e indagar es fundamental.
  • El espíritu observador aprende de la realidad. Lo mismo da si se trata de aprender un juego, organizar una excursión, preparar un examen o poner la mesa a la hora de la comida.
  • La mente, la lógica y la empatía han de aplicarse a la excelencia. Para sí mismos y para los demás.
  • No hay sistema educativo mejor ni clima en el hogar que aquel que pone al niño en ambientes donde se cultiva una educación elevada, sea práctica, sea teórica, sea artística.

La existencia de tendencias destructivas está en el ser humano, compensada con creces por el gusto por una vida civilizada y compasiva. Si esta afirmación, corroborada por los hechos, es bien comprendida, sabremos cuán acertados estamos al impedir una educación y una sociedad cerradas y hostiles.

Joaquín Santiago