Bien armados y libres: así los queremos, así nos queremos

Bien armados y libres: así los queremos, así nos queremos

Sentir el cambio produce ansiedad en las personas tanto como en los animales; ocurre siempre. La seguridad emocional que se siente en esa zona de comodidad, no obstante, puede ser la muerte de un alma sana que se priva del acceso a afectos y a ideas con las que alcanzaría estados más plenos, más maduros. La seguridad emocional llega en muchas ocasiones a ser un campo minado donde la “dulce felicidad” se ve resguardada por miedos que obligan a aceptar relaciones deslizadas a menudo hacia lo tóxico o a seguir hábitos cotidianos transformados en meras manías. Y hay aquí temor, mucho temor a abandonar esa zona de comodidad por no perder una póliza vitalicia cargada de límites. La existencia es una aventura para ser vivida por los seres que son, de natural, sanos y vitales; no se trata una ventura vigilada que haya de ser padecida. Y es que, sin duda alguna, algunas historias terminan para que otras puedan empezar.

El niño menguante

Educar armar, apoyar, animar, emocionar e ilustrar. Es en esa labor donde la predisposición de los educadores y padres puede insertar temores o expulsarlos, asegurar dependencias o reforzar la autonomía de los niños.

El niño educado entre temores y anclajes no necesita una barca para echarse con ella al río, incluso teme construirla; teme siquiera pensar en abandonar la orilla. Con su seguridad de burbuja vive una vida aparentemente feliz, pero se verá rodeado de no pequeños riesgos. No estará dispuesto a afrontar los cambios que inexorablemente le sobrevendrán a su vida. Lo laboral, el empleo, nunca está asegurado y cada vez menos que lo estará. Lo emocional tendrá que someterse a la regla de lo efímero entre una vida de relaciones que se establecen y se desconectan de manera sucesiva.

Así las parejas, las amistades, los grupos de trabajo, los compañeros de ocio disponen en las vidas actuales de más intermitencias y de más facilidad para cambiar. Y todo lo que le falta a tal niño para vivir con ánimo grande le sobrará de afectos dependientes arrimados a lo tóxico. Con una siembra apocada la inseguridad emocional será la criatura que más temprano que tarde cosechará.

El niño creciente

El otro, el que ve reforzada su seguridad personal, el que ve en sus padres, no solamente un ánimo valiente, sino unas emociones y criterios firmes para navegar, aprende a hacerlo. Incluso se convierte en el constructor de su propia barca. Su aventura resultará más abierta, menos asegurable, pero mucho más excitante y digna de ser vivida. Bien armado con criterios sobre lo que es bueno y no, educado en la toma de decisiones autónomas, acostumbrado a sentir la voz de sus emociones y de las ajenas, e intelectualmente capaz: es así como se introduce en el mundo.

¿Padecer la vida o vivirla?

Casi es una redundancia en sí misma expresar lo que significan vulgarmente las palabras dolor y vida: van para muchos tan de la mano que lo común es adoptar, por ellas, un ánimo débil que se traduce en una queja permanente. Una vida así es una “vida padecida” y su producto, un ánimo disminuido.

Pero el significado y las consecuencias varían de lado a lado cuando observamos a las familias y a los individuos que adoptan en su código interno y educativo las actitudes de “vida afrontada”, vida construida, vida con alturas y valles recorridos desde la iniciativa personal, desde la capacidad para aceptar lo que no se puede modificar y de ir al encuentro de lo nuevo, lo cambiante, lo elevado, lo emotivo. En suma, una vida abierta a lo que hace crecer.