Aprender con el ser adolescente: tú y yo hemos sido así

Aprender con el ser adolescente: tú y yo hemos sido así

Los adultos podemos arrastrar problemas y vivencias sin resolver que provienen de la adolescencia. Conocer a los adolescentes de ahora ayuda a padres y educadores a la hora de tratar con ellos, pero ilumina también nuestro ser interno como adultos.

Los adolescentes, esos seres cambiantes y cuasiadultos que nos sorprenden con su “ya soy mayor” y, al minuto siguiente, compran ‘chuches’. Esta inseguridad de lo que el adolescente quiere ser se presenta como madura y segura cuando los hechos, los comportamientos, muestran lo contrario. La adolescencia es una etapa en la que elaboramos nuestra identidad profunda y, también, nuestra identidad social. Ambas identidades van de la mano en las personas pero muchas veces entran en conflicto.

Una mirada al interior del adolescente

El adolescente es un ser humano que estrena todo o, al menos, así lo siente. Estrena cuerpo, capacidades, sexualidad, ideas, relaciones con los demás y con el mundo que le rodea. Hace esfuerzos sucesivos y denodados por conseguir su identidad adulta. Su tensión es máxima entre el deseo de ser maduro ¡ya! y el temor de verse dominado por ansiedades y conflictos infantiles. Un adolescente vive aterrorizado por descubrir un cuerpo sexual y atemorizado por no lograr su anhelo de desarrollarse.

El adolescente comprueba todas estas facultades actuando

  • De esta manera directa expresa sus tentativas de ponerse a prueba y de verificar en el mundo externo sus habilidades y capacidades recién adquiridas. Lo reta todo con mayor o menor intensidad, con mayor o menor armonía. Reta a su cuerpo y lo pone al límite tanto si hace deporte como si, despreciándolo, se causa daño. Reta a sus nuevas o menos nuevas amistades en pullas verbales, choques físicos, acercamientos (torpes o no) sexuales. Se pone a prueba porque siente que, al contrario de la ‘despreciada’ infancia, ya lo entiende todo. Comienza a razonar con abstracción y eso le hace venirse arriba antes de cada caída en una falta de seguridad en sí mismo.
  • El adolescente actúa también para lograr deshacer la ligazón, el vínculo con los padres. Se avergüenza de la infancia, del niño que fue y que no acaba de irse y, por tanto, de esos padres cuya imagen asocia a ese niño. Ya no les admira tanto o, cuando menos, prescinde de ellos en gran medida. Siente que, si lo hace así, alcanzará nuevas cotas de poder personal ‘al modo adulto’ y nuevas virtudes que exhibir ante sus amistades.
  • El adolescente se pone a prueba para experimentar el éxito de las nuevas capacidades adquiridas y acomodarse a las nuevas posibilidades que se le ofrecen. Y muchas, demasiadas veces, siente como fracaso estas nuevas habilidades. Muchas veces lo percibe así porque los adultos ‘se defienden’ del impulso del adolescente que vive con él y, también, del adolescente que él mismo fue. Y lo hacen rebajando su autoestima o tratándolo como a un niño. Lo hacen permitiéndole todo como a un dios aún infantil o como un problema, una enfermedad transitoria y molesta. Y cualquiera de los dos tratamientos es negativo.

El propio cuerpo, ¡cuántos problemas da!

  • El cuerpo del adolescente adquiere un nuevo valor: el sexual. Cualquier rasgo corporal puede ser vivido como prueba de ello. De esta manera las diferencias (estatura, vello, pechos, caderas…) le retan a sentir si es adecuado o no para la función sexual. Y también para el amor romántico que va de la mano de la complejidad del sexo. Esta percepción persigue toda la vida de la persona y, aunque puede cambiar con los años y, con una autoestima sana, siempre será objeto de preocupación.
  • La imagen corporal es una representación simbólica de las experiencias presentes y pasadas del individuo con su propio cuerpo. Y estas pueden ser reales o imaginarias. El adolescente se puede sentir abrumado por los efectos del proceso de maduración. Hablamos de un adolescente en el que su sexualidad se pone de manifiesto al mundo exterior y que no siempre controla sus excitaciones e impulsos que le harán sentir en evidencia. Todo ello configura un adolescente muy sensibilizado hacia cualquier cosa que pudiera suponer una crítica o que le parezca una descalificación que le hiciera sentir inferior.
  • La valoración del cuerpo aumentará o disminuirá dependiendo de si percibe que satisface o no los deseos de los padres. Son sensibles a lo que estos proyectan inconscientemente sobre él: deseos de otro sexo en el hijo, obesidad, etc. Todo esto aumenta su experiencia interna de sentirse inadecuado. El adolescente se muestra muy vulnerable ante la aprobación o desaprobación de los demás.

Tres reacciones negativas de un adolescente ante su adolescencia

¿Cómo reacciona un adolescente ante sí mismo? Puede hacerlo de varias maneras dependiendo de él mismo y de su entorno. Tres de ellas son preocupantes y han de ser comprendidas y tratadas con firmeza y amor. Hay otras tres que son adecuadas y positivas.

  • Regresión patológica. No me refiero al vaivén normal entre el comportamiento infantil y el adolescente. Cuando es enfermizo, el adolescente siente un rechazo total a su nuevo ser. Siente como un duelo sus instintos sociales y sexuales y se rechaza como tal yéndose a refugiarse en el niño que fue y bloquear su maduración. Si ese refugiarse le es ya imposible se vuelca contra sí mismo, negando sus nuevos deseos y llegando a buscar el propio daño, a presentarse como incapaz de vivir como adolescente.  
  • Tendencias de pseudomadurez. De esta manera el adolescente sobreactúa. Se siente incapaz de vivir con mínima normalidad su adolescencia y, en lugar de regresar huye hacia adelante. Se muestra maníaco-omnipotente y narcisista como una fuga ante el temor claustrofóbico de quedar atrapado y anclado en la infancia. Intenta imitar obsesivamente lo que considera que es un adulto. Cree, así, huir de las tendencias regresivas y de dependencia de los adultos para seguir su desarrollo.
  • Tendencias a saltarse la crisis de la adolescencia, negando su existencia y asegurándose así que llegarán a la edad adulta sin sufrir el dolor que supone esa etapa.

Y tres reacciones sanas

  • Como citamos al comienzo, el adolescente pasa de comportarse como un adulto casi normal a ser el niño que compra chuches. Si él lo vive sin tensión ni reproches a sí mismo o de sus padres, es algo perfectamente natural.
  • Momentos en que vuelve a ser y comportarse como un niño, pero eso le sirve como el muelle que se encoge para tomar impulso. Volver a posiciones y satisfacciones infantiles es bueno cuando lo utiliza para adquirir vigor hacia nuevos logros en su crecimiento y madurez. Es lo que se denomina “Regresiones al Servicio del Desarrollo”.
  • Tendencias progresivas, ilusión por seguir hacia delante, expresión de los deseos de crecimiento adulto y de verificar sus posibilidades. Sin negar al niño que fue, el adolescente vive su estreno como nueva persona sin ser destructivo consigo mismo y con el mundo adulto.

En cada adolescencia, también en la nuestra, es enorme la contradicción entre lo que se desea ser ante los demás y lo que se siente internamente que se es. Al final, este de la adolescencia es un episodio del que casi todo el mundo se avergüenza. Incluso se relega al olvido y, como dice Julián Marías, “con facilidad o esfuerzo se confina… a la esfera de los malos sueños, o de lo que no ha existido”. Ser conscientes del adolescente que hemos sido sin negarlo es muy importante para crecer como adulto.

Por los que son y por los que hemos sido.

Joaquín Santiago