Activos o sumisos, ¿cómo queremos a los hijos?
Active boy laying down on the grass playing with soldiers and tank toys in the garden,Kid playing wars and peace on his own in hot sunny day,Children imagination and development

Activos o sumisos, ¿cómo queremos a los hijos?

No existe un modo más directo de destruir el alma de un niño, de un adolescente, que desincentivar su amor a la acción, virtud ésta la de actuar contraria a la de reaccionar. Si con el corazón y la mente no nace en el joven el deseo de hacer, si con la pobreza de espíritu que caracteriza a estos tiempos se les sigue animando a seguir rebaños, a solamente reaccionar a lo que les presenta, las próximas generaciones serán meramente una masa sin forma, acomodada, sin individuos con fe en sí mismos, ya que solo tendrán confianza en una vida gobernada.

Hacer, entrar, crear condicionando al entorno adecuadamente, o solamente reaccionar y aceptar sumisamente lo que viene tal y como viene; esa es la alternativa vital que a cada uno de nosotros se nos presenta y en la que tantos jóvenes se hunden amoldándose a la segunda opción.

Los hijos solo están listos para comenzar a pensar en un proyecto de vida cuando sienten la necesidad instintiva de ello, sentimiento que comienza con cierta claridad en la adolescencia o a partir de ella. Un proyecto de vida es el porqué, el motor que impele a levantarse de mañana para llevar a cabo una idea propia que nace tanto de la razón como del corazón, y a culminarla al final del día con una agradable sensación de logro personal.

Antes de la adolescencia el niño aún carece de la experiencia y de la estructura mental apropiada para formular sus proyectos vitales, pero todos los humanos nacemos con la capacidad de hacer y, en la medida de cada etapa del desarrollo, el niño debe verse incitado a hacer. La acción, inevitablemente, es por una parte aprender a seguir las reglas funcionales de la vida: horarios regulares, normas de cooperación y de respeto, pero, tan importante como las reglas es lograr que cada día del niño jamás termine sin que se le haya animado e incluso exigido, además, a que haga algo propio, algo que él desee y que implique un logro, un resultado.

Si el logro es leer, que sepa ser consciente y recuerde lo leído y lo que sintió al leer; si es jugar solo, que esto tenga como meta construir algo o diseñar una situación lúdica que exprese su ser más íntimo; si es jugar acompañado, que esto sea un aprendizaje de la sana cooperación y de la no menos sana competitividad.

Ayudar a los hijos en sus juegos es habitual en muchas familias, pero siempre es necesario hacerlo respetando la primacía del niño: el juego es su momento; y hacer que se observe a sí mismo para ampliar su consciencia de sí, de sus tendencias fuertes, de sus debilidades y flaquezas, de sus habilidades y de sus torpezas.

Tener uno o dos proyectos vitales es como poner el propio sol sobre tu cabeza y guiarte por él dejando que cada cómo sea decidido por el porqué de cada uno activando las fuerzas creadoras propias de la persona.

Solo padres que practican esto educarán hijos con vidas plenas de sentido.